Por Jorge Cruz Camberos
Robert E. Hall y Michael Woodford acaban de ganar el Nobel de Economía 2026. Sus investigaciones ayudan a entender cómo las decisiones de las familias y las empresas influyen en la economía y cómo responder mejor a sus altibajos. Suena a tema para especialistas, pero tiene mucho que ver con el futuro de Chihuahua.
Una de las ideas detrás de su trabajo es que decidimos mirando hacia adelante. Importa cuánto ganamos hoy, pero también qué creemos que pasará mañana: con nuestro empleo, nuestros ingresos, los precios o el negocio.
Pensemos en algo muy sencillo. ¿Abrirías una segunda sucursal si no sabes cuánto tardará el permiso? ¿Comprarías maquinaria si tienes dudas sobre el suministro eléctrico? ¿Te comprometerías con una hipoteca si sientes que tu empleo está en riesgo?
Ese “mejor me espero” parece una decisión pequeña. Multiplicado por miles de personas, puede convertirse en menos inversión, menos consumo y menos empleos.
Por eso creo que hay una idea que debemos poner sobre la mesa: La confianza también es infraestructura. Sin ella, los proyectos se quedan en papel.
En Chihuahua hablamos de carreteras, agua, energía, parques industriales y conectividad. Con razón. Todo eso hace falta. Pero junto a esas obras necesitamos construir algo que cuesta mucho recuperar cuando se pierde: la certeza de que los compromisos se van a cumplir.
El empresario que quiere ampliar su taller necesita saber cuándo podrá operar. La familia que compra una casa necesita confiar en que habrá servicios. Un joven que estudia una carrera técnica necesita ver posibilidades de trabajar y crecer en su región.
La confianza tiene consecuencias muy concretas. Puede ser la diferencia entre contratar a cinco personas este año o dejar la decisión para después.
Ahora, tampoco confundamos confianza con optimismo de micrófono. Decir que “vienen cosas muy buenas” no resuelve una conexión eléctrica ni termina una carretera.
La confianza se gana cuando alguien da una fecha y la cumple. Cuando un trámite tiene requisitos claros. Cuando una obra tiene presupuesto, responsables y avances que cualquiera puede revisar. Y también cuando se reconoce un retraso y se explica cómo se va a corregir. Ahí tenemos una tarea enorme para todo el estado.
Juárez, Chihuahua capital, Cuauhtémoc, Delicias, Parral y las comunidades serranas tienen necesidades distintas. Un pacto de desarrollo debe reconocer esas diferencias y convertirlas en compromisos concretos. Cada región necesita saber qué proyectos van en serio y qué oportunidades pueden abrir.
Yo propondría empezar por algo sencillo: elegir unos cuantos proyectos prioritarios por región y publicar cuánto cuestan, de dónde saldrá el dinero, quién responde y cuándo deben estar listos. Revisarlos periódicamente entre gobierno, empresas, universidades y sociedad civil. Sostener los que funcionan aunque cambie la administración. Si cada gobierno vuelve a empezar, obligamos a todos los demás a vivir esperando.
A los empresarios también nos toca. Cumplir con proveedores, invertir en nuestra gente, respetar acuerdos y explicar con honestidad lo que podemos ofrecer. La confianza que exigimos hacia afuera también se construye dentro de nuestras empresas. El Nobel reconoce investigaciones sobre la economía. Mi lectura para Chihuahua es que el futuro empieza a moverse cuando las personas encuentran razones para comprometerse con él.
Quiero un estado donde abrir un negocio, estudiar una carrera o formar una familia venga acompañado de posibilidades reales de salir adelante. Porque detrás de cada “mejor me espero” puede haber un empleo que todavía no nace. Y detrás de cada compromiso cumplido, una familia que se anima a dar el siguiente paso.



