Inicio Vol. 9 Opinión Misión talento

Misión talento

José Jesús Jordán Orozco reflexiona sobre la importancia del talento, la educación continua y la formación técnica como motores de la competitividad y el desarrollo económico de Chihuahua.
El desarrollo económico sostenible depende cada vez más de la capacidad de las personas para aprender, innovar y adaptarse a los cambios tecnológicos.

Por Mtro. José Jesús Jordán Orozco

La base del desarrollo de toda región y de toda civilización es la suma de las capacidades, conocimientos y habilidades de su población.

Las ciudades y regiones que han liderado distintas etapas del progreso humano —desde las antiguas civilizaciones comerciales hasta las economías industriales y tecnológicas modernas— han compartido un elemento común: una población capaz de aprender, innovar y transmitir conocimiento. El verdadero motor del desarrollo siempre ha sido el capital humano. Las herramientas cambian, las industrias evolucionan y los mercados se transforman, pero la capacidad de las personas para adaptarse, crear soluciones y organizar el trabajo colectivo permanece como el factor decisivo.

Chihuahua ha logrado en los últimos años destacar y registrar un crecimiento económico y social como pocas veces se había observado en lo que va del presente milenio. Indicadores como el crecimiento económico y el empleo se han mantenido e incluso fortalecido. Sin embargo, hay momentos en los que las cifras dejan de ser simples estadísticas y se convierten en señales. Chihuahua está viviendo uno de esos momentos.

Nos encontramos ante un nuevo punto de inflexión. La competencia económica ya no se define únicamente por cantidades o volumen de empleo; cada vez más se decide por la calidad y la sofisticación del talento.

Durante años hablamos de empleo como sinónimo de desarrollo. Más empleo significaba más progreso. Más plantas industriales parecían traducirse automáticamente en mayor prosperidad. Sin embargo, los datos recientes del mercado laboral muestran una realidad más matizada: baja desocupación, sí; pero también presiones en la calidad del trabajo. Al mismo tiempo, la estructura productiva confirma que la industria de transformación continúa siendo el eje del empleo formal en nuestra economía.

La fotografía es clara: tenemos estabilidad, pero no necesariamente sofisticación. Tenemos volumen, pero no siempre valor agregado. Y en un mundo que avanza a velocidad digital, esa diferencia lo cambia todo.

Ciudad Juárez ofrece un ejemplo revelador. Puede exportar más incluso cuando el empleo en la industria manufacturera disminuye. Lejos de ser una contradicción, es una señal de transición. Las cadenas globales ya no premian únicamente la mano de obra abundante; premian la automatización, la eficiencia, el diseño, la ingeniería, la capacidad de integrar datos y optimizar procesos.

Este fenómeno no es exclusivo de nuestra región. A nivel global, la transformación del trabajo ya está en marcha. El World Economic Forum estima que hacia 2030 alrededor del 22 % de los empleos actuales experimentará cambios estructurales. Se crearán aproximadamente 170 millones de nuevos empleos, mientras que cerca de 92 millones desaparecerán debido a la automatización, la digitalización y otros cambios económicos.

El empleo, por tanto, (tal como la ley de la materia)  no desaparece (ni se destruye): se transforma.

Esta señal, que es tan evidente, más que motivo de alarma debe ser motivo de acción. Cuando una sociedad no se prepara para esa transformación, la productividad puede crecer sin que el ingreso lo haga en la misma proporción. Debemos ocuparnos, adaptarnos y evolucionar.

La pregunta, entonces, ya no es cuántos empleos llegan; la verdadera pregunta es qué tipo de capacidades sostienen esos empleos, cuáles de ellos continuarán existiendo, cuáles nuevos surgirán y, sobre todo, qué habilidades debemos desarrollar para atraerlos o incluso crearlos.

Dentro de esta transformación y evolución, las universidades deben jugar un papel fundamental. Así como el talento debe adaptarse a las nuevas realidades productivas, también los esquemas de enseñanza deben evolucionar. La velocidad del cambio tecnológico exige modelos educativos más flexibles, más cercanos a la práctica y más conectados con las necesidades reales de la industria.

Las instituciones de educación superior en Chihuahua cumplen un papel estratégico en esta adaptación. Sin embargo, el desarrollo sostenido no puede depender exclusivamente de trayectorias largas y tradicionales. Debe abrir espacio a rutas técnicas, certificaciones modulares, formación dual y esquemas de aprendizaje continuo a lo largo de la vida. El conocimiento ya no se adquiere una sola vez; se actualiza constantemente.

Y aquí conviene hacer una precisión fundamental: las competencias del futuro no solo requieren un título universitario; requieren dominio, actualización y certificación pertinente. Requieren saber hacer.

Un técnico en automatización altamente calificado puede ser más determinante para la competitividad de una planta que un profesionista con formación desactualizada. Un analista de datos con microcredenciales sólidas puede generar más valor que alguien con un grado formal, pero sin habilidades aplicadas.

Esto no significa devaluar la educación superior. Por el contrario, implica reconocer que el ecosistema de formación debe ser más amplio, más flexible y más conectado con la realidad productiva.

El propio diagnóstico global del mercado laboral muestra que cerca del 40 % de las habilidades actuales de los trabajadores deberán actualizarse antes de 2030, y que más de la mitad de la fuerza laboral requerirá procesos de capacitación o reconversión profesional para adaptarse a las nuevas condiciones del trabajo.

Las habilidades más demandadas en el mundo ya no son exclusivamente técnicas. Incluyen pensamiento analítico, aprendizaje continuo, manejo de tecnologías digitales, inteligencia artificial, análisis de datos, así como capacidades humanas como resiliencia, liderazgo y colaboración.

En este sentido, Chihuahua ha dado una señal relevante al integrarse a la Red Internacional de Ciudades del Aprendizaje de la UNESCO. Esta distinción reconoce una tesis que la ciudad ha decidido sostener: el aprendizaje continuo como eje del desarrollo, acompañado de acciones concretas en materia STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas— que fortalecen el ecosistema formativo desde edades tempranas hasta la capacitación técnica especializada.

Formar parte de este selecto grupo global no es únicamente un reconocimiento; implica una responsabilidad. Significa asumir que el aprendizaje permanente no debe quedarse en el discurso, sino convertirse en práctica transversal en la política pública, en las empresas y en la vida comunitaria.

Hoy la competencia ya no es solo industrial; es también cognitiva y práctica al mismo tiempo. Las empresas buscan pensamiento crítico y manejo de datos, pero también precisión técnica: la capacidad de programar un equipo automatizado, interpretar métricas en tiempo real o mantener sistemas inteligentes. Buscan disciplina, colaboración y resiliencia. Las habilidades técnicas pueden adquirirse en meses si el sistema es ágil; las socioemocionales se construyen con cultura, constancia y ejemplo.

El riesgo que enfrentamos no es la falta de iniciativas, sino su fragmentación. Existen políticas públicas, instituciones de capacitación, programas de certificación y esquemas de vinculación productiva. Las herramientas están ahí.

La pregunta es si estamos dispuestos a construir una visión compartida donde la formación técnica tenga la misma dignidad y prioridad que la formación universitaria. Donde certificar competencias sea tan relevante como obtener un grado académico. Donde actualizarse cada tres o cinco años sea parte natural de la cultura laboral.

Una verdadera Misión Talento implica entender que el aprendizaje no es un evento, sino un proceso permanente. Implica reconocer que la movilidad social no depende exclusivamente de diplomas, sino de capacidades demostrables. Si Chihuahua quiere capturar etapas más sofisticadas en industrias como semiconductores, manufactura avanzada o electrónica inteligente, necesita un ecosistema donde un joven pueda iniciar como técnico, especializarse, certificarse, escalar posiciones, diseñar, optimizar y operar tecnología compleja y eventualmente liderar procesos de alto valor.

La ruta hacia la competitividad que Chihuahua necesita continuar no es cuantitativa, es cualitativa. No se trata de atraer más naves industriales, sino de atraer más inteligencia industrial. No se trata de competir por costos, sino por capacidades. No se trata de depender de ventajas temporales, sino de construir ventajas estructurales.

En última instancia, la discusión sobre competitividad es una discusión sobre personas. Sobre su capacidad de aprender, adaptarse y dominar nuevas herramientas, sin importar la ruta formativa que hayan elegido.

La base de todo cambio es la persona y sus capacidades.

Si asumimos esa verdad con seriedad, el desarrollo dejará de depender de ciclos externos y comenzará a sostenerse desde adentro. Porque la infraestructura más valiosa de Chihuahua no está en el concreto ni en el acero.

Está en la habilidad demostrable, en el aprendizaje continuo y en el carácter de su gente.

Esa es, en esencia, la verdadera Misión Talento.

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