
Por Martín Zermeño Muñoz
EL SÍNDROME DE HUBRIS
Siempre en los últimos meses de su mandato, los gobernantes han exhibido con nitidez los rasgos clásicos del síndrome de Hubris: una desconexión progresiva de la realidad social, una confianza desmedida en su propio juicio y una creciente intolerancia a la crítica. Las decisiones se anuncian como verdades absolutas, los errores se atribuyen siempre a factores externos y el discurso público se vuelve autorreferencial, más preocupado por la imagen y la narrativa personal que por los resultados concretos.
David Owen y Jonathan Davidson describen con precisión los síntomas que el enfermo muestra del síndrome de Hubris: tiende a ver el mundo como si fuera el escenario donde llevar a cabo su poder y alcanzar la gloria; lleva a cabo ciertas acciones con el fin de ensalzar su propia imagen y autoglorificación; se identifica con la organización, el Estado y la nación; el sujeto se encuentra obsesionado con su autoimagen; utiliza con frecuencia su poder para la autoglorificación; posee una confianza excesiva en sí mismo y además muestra desprecio hacia los demás y hace duras críticas; ha sufrido una pérdida de contacto con la realidad, pudiendo haber un aislamiento progresivo; puede llegar a considerarse un mesías, hablando de un modo mesiánico para hablar sobre cualquier acción suya; tiene una tendencia a hablar de sí mismo en tercera persona y para hablar de nosotros utiliza una forma regia; realiza comportamientos impulsivos e imprudentes; tiene un convencimiento de la rectitud moral sobre sus propuestas sin preocuparse de los costos; realiza sus funciones laborales de manera incompetente, causada por un exceso de confianza; tiene la creencia de que no debe rendir cuentas a nadie; y cree firmemente que las cortes más elevadas —la historia o Dios, si es religioso— le absolverán de sus malas acciones.
Este fenómeno, ampliamente documentado en líderes que concentran poder y reducen los contrapesos, suele intensificarse en la recta final de los gobiernos, cuando la rendición de cuentas se diluye y el cálculo político sustituye al sentido de responsabilidad.
Las consecuencias para Chihuahua son profundas y preocupantes. En un contexto marcado por inseguridad, rezagos sociales y crisis estructurales, el ensimismamiento del poder limita la capacidad de corregir el rumbo y escuchar a una ciudadanía cada vez más desencantada.
El síndrome de Hubris no sólo afecta a quien gobierna, sino que termina permeando a toda la administración: se normaliza la soberbia, se castiga la discrepancia y se posterga la solución de los problemas reales.
Pobre Chihuahua, que se encuentra atrapado entre la urgencia de sus desafíos.
“LOS OTROS DATOS DE MARCO RUBIO”
Llegó a mi correo electrónico un texto muy interesante atribuido a Marco Rubio, Secretario de Estado del gobierno norteamericano. Tengo mis reservas, pero como López Obrador decía, “Marco Rubio tiene otros datos”. El texto sostiene que Estados Unidos dejó de ver a México como un país con problemas de gobernabilidad para verlo como una infraestructura tomada por el crimen organizado: trenes, aeropuertos y puertos impulsados por López Obrador no habrían respondido a una lógica de desarrollo, sino a una lógica de trasiego de drogas y combustibles. Bajo esa lectura, la captura de Ovidio Guzmán, del Mayo Zambada y de los hijos del Chapo no fueron hechos aislados, sino piezas de una estrategia judicial secuencial que Washington habría construido pacientemente, no como un acto político sino como un caso legal.
El autor conecta esto con la caída de Maduro, ocurrida un 3 de enero —misma fecha en que cayó Manuel Noriega en 1990—, y argumenta que el petróleo venezolano fue un motivo, pero no la causa de fondo: el verdadero punto de quiebre habría sido la alianza de Maduro y López Obrador con Irán, en momentos en que Estados Unidos redefinía su estrategia de seguridad frente a China. Según el texto, ni China ni Rusia intervinieron a favor de Maduro porque, como potencias, no tienen aliados sino clientes funcionales.
A partir de ahí, el texto plantea que México no enfrentará una intervención militar, sino algo más sofisticado: asfixia económica, presión financiera, aislamiento logístico y exposición penal internacional. Cita la frase de Trump de que a México “no lo gobierna su presidenta, sino los cárteles” como evidencia de que, cuando el crimen organizado se convierte en el poder real de un Estado, ese Estado deja de ser soberano y se vuelve un problema regional.
Finalmente, el autor atribuye la caída de Morena no a una derrota electoral sino a la exposición de su arquitectura de poder, acusándola de haber confundido lealtad con silencio y gobernabilidad con encubrimiento. Cierra con un tono de advertencia: la confrontación no sería un hecho aislado, sino una secuencia ya en marcha —rutas cortadas, flujos financieros bloqueados y respaldos internacionales aislados— que terminaría por colapsar al sistema bajo su propio peso.
Esperemos las elecciones del 2027 para analizar consecuencias.
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