Por Jorge Cruz Camberos
Cada vez que alguien de fuera nos dice una verdad incómoda, en México reaccionamos igual: nos ofendemos antes de reflexionar.
Ahora fue The Economist. Soltó una bomba: que la economía mexicana no sólo viene floja, sino que parte del problema es autoinfligido. Y Hacienda salió rapidísimo a contestar que no, que la debilidad no es estructural, que son choques externos, que la culpa es del entorno internacional y de la política comercial.
Traducción mexicana: no fuimos nosotros, fue el mundo.
Y sí, el mundo mete ruido. Claro que la incertidumbre global afecta. Claro que los movimientos de Estados Unidos, el comercio internacional y la volatilidad enfrían inversiones. Pero usar eso como explicación central ya empieza a sonar menos a análisis económico y más a excusa oficial.
Porque la pregunta incómoda sigue ahí: si México es tan fuerte como presume el discurso, ¿por qué no despega?
Ese es el problema de fondo. Nos hemos acostumbrado a celebrar que no estamos peor. Como si eso fuera suficiente. Como si no estar colapsados ya fuera sinónimo de éxito. Como si aguantar fuera crecer.
Pero no. No estar quebrados no significa estar bien.
México no está roto.
México está atorado.
Atorado en una economía que no termina de dar el salto. Atorado en una inversión que se enfría en cuanto aparece una señal de desconfianza. Atorado en una informalidad gigantesca. Atorado en un modelo donde se presume resiliencia porque ya nos acostumbramos a vivir por debajo de nuestro potencial.
Y ahí está lo más grave: el país con una de las mayores oportunidades geográficas del mundo se está conformando con sobrevivir.
Tenemos frontera con el mercado más poderoso del planeta. Tenemos base industrial. Tenemos talento. Tenemos nearshoring. Tenemos regiones como Chihuahua que sí entienden lo que significa competir. Y aun así, seguimos discutiendo si vamos mal o “menos mal”.
Qué ambición tan chiquita para un país tan grande.
Lo más peligroso del discurso oficial no es que quiera defenderse. Eso es normal. Lo grave es que quiere vender una idea de normalidad cuando claramente hay focos amarillos. Como si bastara con culpar al contexto externo para no entrarle al verdadero tema: certidumbre, energía, infraestructura, productividad, estado de derecho y confianza para invertir.
Porque la inversión no se convence con mañaneras, ni con cartas, ni con respuestas elegantes a revistas extranjeras. La inversión llega cuando hay reglas claras y visión de largo plazo. Punto.
Y sí, The Economist probablemente exagera cuando dice que la economía está “rota”. Pero Hacienda se equivoca si cree que con decir “son choques externos” ya resolvió la conversación. No la resolvió. La esquivó.
La realidad es más incómoda: México no está en ruinas, pero tampoco está construyendo el futuro que podría. Y eso también cuenta como fracaso.
Desde Chihuahua habría que decirlo sin rodeos: la competitividad no se defiende con narrativa. Se defiende con resultados. Con infraestructura. Con energía. Con talento. Con instituciones que den confianza. Con gobiernos que entiendan que el desarrollo no se decreta, se facilita.
México no necesita ganar una discusión con The Economist.
México necesita dejar de parecer un país que siempre tiene potencial… y nunca termina de usarlo.
















