Por Jorge Cruz Camberos
Donald Trump volvió a hacer algo que en México casi nunca vemos: usar el presupuesto para mandar una señal estratégica. Su propuesta para 2027 plantea un gasto federal de $2.2 billones de dólares, con $1.5 billones destinados a defensa, además de un recorte de 10% al gasto civil no militar. Importante decirlo completo: por ahora es sólo una propuesta de la Casa Blanca; falta que el Congreso la discuta y eventualmente la apruebe. Pero la señal política ya quedó clarísima.
No es un simple ajuste contable. Es una declaración de prioridades.
Estados Unidos está diciendo, sin rodeos, en qué quiere ser fuerte: defensa, frontera, energía, manufactura crítica, logística, inteligencia artificial e industria estratégica. Y también está diciendo dónde quiere aflojar: pequeñas empresas, medio ambiente, educación, salud, ciencia y parte de la agenda energética “verde”. La propuesta plantea recortes severos en rubros civiles, mientras empuja recursos hacia armamento, barcos, municiones, sistemas como el “Golden Dome” y capacidad industrial ligada a seguridad nacional. 
La pregunta incómoda no es si Trump exagera.
La pregunta es: ¿y México?
Porque mientras allá reorganizan el gasto alrededor de poder y competencia global, aquí seguimos atrapados en otra lógica: administrar el presente, repartir presupuesto, apagar incendios y sobrevivir políticamente al siguiente año.
Ese es el problema de fondo.
No se trata de copiarle a Trump ni de comprarle el discurso. Se trata de entender algo mucho más básico: los países que quieren competir en serio alinean dinero con prioridades. Y México lleva demasiado tiempo sin definir con suficiente claridad en qué quiere volverse fuerte.
Y eso, para Chihuahua, pesa doble.
Porque si Estados Unidos va a acelerar defensa, automatización, logística, energía dura e inteligencia artificial, México debería estar fortaleciendo lo que sí nos permitiría jugar mejor dentro de Norteamérica.
¿En qué sí deberíamos invertir?
En infraestructura logística, porque no se puede hablar de integración regional con aduanas lentas, cruces saturados y carreteras rebasadas.
En energía suficiente, confiable y competitiva, porque sin eso no hay industria de alto valor que aguante.
En talento técnico, inglés y formación especializada, porque ya no basta con mano de obra: se necesita capacidad.
En seguridad y Estado de derecho, porque la inversión no llega ni se queda donde no hay certeza.
En innovación, tecnología e inteligencia económica, para anticipar tendencias y dejar de reaccionar tarde.
Y también en calidad de vida urbana, porque el talento ya no sólo decide dónde trabaja: decide dónde quiere vivir.
Eso sería presupuestar competitividad.
Lo otro —la dispersión, la inercia, la lógica sexenal, el gasto para salir del paso— sólo sirve para seguir administrando el atraso.
Y ahí está la diferencia incómoda.
Aun si el Congreso le corrige o le tumba partes a Trump, Estados Unidos ya enseñó hacia dónde quiere mover su apuesta. México, en cambio, sigue sin definir con la misma claridad en qué quiere volverse indispensable. 
Ese es el verdadero rezago.
No que nos falten discursos.
Nos faltan prioridades.
Porque un país que no sabe en qué quiere ser fuerte termina gastando mucho… y pesando poco.
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