Por Jorge Cruz Camberos
Mi hijo llegó la semana pasada pidiendo “los repes” del Mundial. No llegó pidiendo dinero. Llegó con una estrategia.
—Papá, si me faltan quince, yo los cambio en la escuela.
Lo vi organizar sus estampitas, calcular cuáles podía intercambiar y cuáles debía conservar. Durante varios minutos dejó el celular a un lado para negociar cara a cara con otros niños. Y pensé que, sin darse cuenta, estaba aprendiendo algunas de las primeras lecciones de cualquier empresario.
Días antes había leído que Hasbro volvió a reportar resultados extraordinarios impulsados, entre otras cosas, por Magic: The Gathering.
No venden simplemente cartas. Venden pertenencia. Venden emoción. Venden historias y, sobre todo, venden la necesidad humana de completar algo. Eso me hizo pensar que muchas veces creemos que el negocio está en fabricar un producto, cuando en realidad el gran negocio consiste en construir una comunidad alrededor de ese producto. Las estampitas valen centavos. La experiencia vale millones.
Por eso cada Mundial vuelve a pasar exactamente lo mismo. Miles de personas hacen fila para comprar sobres sin saber qué les tocará. Después organizan intercambios, buscan las que les faltan, conocen gente nueva y pasan semanas hablando del álbum. No compran papel. Compran conversación. Compran recuerdos. Compran identidad. Y eso tiene muchísimo que enseñarnos en Chihuahua.
Durante años hemos pensado que competir significa atraer fábricas, construir parques industriales o generar incentivos fiscales. Todo eso importa. Pero el verdadero valor agregado del siglo XXI está en crear comunidades alrededor de una idea. Las ciudades más exitosas del mundo ya no venden solamente infraestructura. Venden pertenencia. Austin vende creatividad. Nashville vende música. Boulder vende emprendimiento. Wichita vende orgullo aeroespacial.
¿Y Chihuahua? Tenemos gastronomía. Tenemos deporte. Tenemos desierto. Tenemos industria. Tenemos historia. Pero todavía nos cuesta convertir todo eso en experiencias que la gente quiera vivir, compartir y presumir.
Por eso creo tanto en proyectos como el trail de Majalca, los festivales urbanos, los podcasts, las comunidades de emprendedores, los eventos empresariales o los encuentros deportivos. Alguien podría pensar que son eventos. Yo creo que son plataformas para construir identidad. Porque cuando una comunidad se siente parte de algo, vuelve. Invita amigos. Comparte contenido. Consume. Invierte. Y termina convirtiéndose en el mejor promotor de su propia ciudad.
Las estampitas del Mundial nos recuerdan algo muy poderoso. La nostalgia puede ser un gran negocio. La identidad puede ser una ventaja competitiva. Y las comunidades bien construidas generan mucho más valor que cualquier campaña publicitaria. Quizá el siguiente gran negocio de Chihuahua no nazca únicamente de una nueva fábrica. Quizá nazca de una comunidad tan fuerte que todos quieran formar parte de ella. Porque al final, las mejores marcas del mundo no venden productos. Logran que la gente sienta que pertenece a algo más grande.
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