En México, hablar de bienestar económico pasa inevitablemente por la canasta básica. No es solo una lista de productos: es un termómetro del poder adquisitivo de las familias y un reflejo directo de cómo los precios impactan la vida diaria. Datos de la Plataforma de Inteligencia Competitiva del Sector Privado (PICsp) muestran que, en los últimos años, el costo de cubrir las necesidades mínimas ha crecido de forma sostenida, presionando cada vez más el ingreso de los hogares.
De acuerdo con esta información, en un periodo de ocho años el precio de la canasta básica registró un incremento cercano al 48%, al pasar de 3,257 pesos mensuales en 2017 a 4,818 pesos en 2025. Este aumento no solo habla de inflación, sino de cambios estructurales en el consumo y en el entorno económico.
1. ¿Qué es la canasta básica y por qué importa?
La canasta básica está compuesta por dos grandes rubros: la canasta alimentaria y la canasta no alimentaria. En conjunto, ambas buscan estimar el costo mínimo necesario para que una persona o familia pueda cubrir sus necesidades esenciales en un periodo determinado.
Su importancia radica en que funciona como un referente clave para medir pobreza, salarios reales y políticas públicas. Cuando el costo de la canasta básica aumenta más rápido que los ingresos, el resultado es una pérdida directa del poder adquisitivo, incluso para quienes cuentan con empleo formal.
2. La canasta alimentaria: el impacto directo en la mesa
La canasta alimentaria incluye productos indispensables para la nutrición diaria, como cereales, carnes, frutas, verduras, lácteos y otros alimentos básicos. Estos bienes suelen ser los más sensibles a factores como la inflación, el tipo de cambio, los costos de transporte y las condiciones climáticas.
Según los registros de la PICsp, el encarecimiento de los alimentos ha sido uno de los principales motores del aumento total de la canasta básica. Esto se traduce en decisiones difíciles para las familias, que muchas veces deben ajustar cantidades, sustituir productos o sacrificar calidad para poder mantener el gasto dentro de su presupuesto mensual.
3. La canasta no alimentaria: gastos inevitables
Más allá de la comida, la canasta básica contempla una canasta no alimentaria que incluye gastos como transporte, vivienda, vestido, educación, salud y otros servicios esenciales. Aunque suelen recibir menos atención, estos rubros representan una carga significativa y constante en el presupuesto familiar.
El incremento en tarifas, rentas y servicios ha provocado que este componente gane cada vez más peso en el costo total. Para muchas familias, estos gastos son prácticamente inflexibles, lo que reduce el margen para absorber alzas de precios sin afectar su calidad de vida.
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4. Ocho años de aumento: lo que dicen los datos
Los datos de la Plataforma de Inteligencia Competitiva del Sector Privado reflejan una tendencia clara: en ocho años, el costo mensual de la canasta básica aumentó casi 48%, al pasar de 3,257 pesos en 2017 a 4,818 pesos en 2025. Este crecimiento acumulado evidencia una presión constante sobre los hogares, especialmente aquellos con ingresos bajos y medios.
Más allá de la cifra, el dato revela un reto estructural: la necesidad de que los ingresos, la productividad y las políticas económicas avancen al mismo ritmo que el costo de vida, para evitar un deterioro progresivo del bienestar.
El comportamiento de la canasta básica es una señal clara de cómo la economía impacta el día a día de las personas. El aumento sostenido en su costo, impulsado tanto por la canasta alimentaria como por la no alimentaria, obliga a replantear estrategias de ingreso, consumo y política pública.
Entender estos datos, como los que ofrece la PICsp, es fundamental para dimensionar el reto que enfrentan las familias mexicanas y para diseñar soluciones que fortalezcan el poder adquisitivo. Al final, la canasta básica no solo mide precios: mide oportunidades, estabilidad y calidad de vida.
















