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México no perdió por falta de ganas

Balón de futbol sobre una cancha junto a elementos que representan desarrollo económico, talento, innovación e infraestructura en México.
El desempeño de México en el Mundial sirve como punto de partida para reflexionar sobre los retos de competitividad, talento e innovación que enfrenta el país.

Por Jorge Cruz Camberos

La eliminación de México ante Inglaterra en el Mundial dolió. Dolió porque jugábamos en casa. Dolió porque hubo momentos donde parecía que sí se podía. Dolió porque Inglaterra terminó con un hombre menos y aun así no nos alcanzó. México cayó 3-2 y se fue del Mundial en octavos de final.

Pero más allá del futbol, hay una verdad incómoda que debemos aceptar: México no perdió por falta de corazón. Perdió por falta de calidad acumulada. Y eso mismo nos pasa todos los días como país.

Nos pasa en la competencia global por inversión. Nos pasa en la atracción de talento. Nos pasa en la productividad, en la innovación, en la educación, en la infraestructura y en la generación de riqueza.

Tenemos talento, claro que sí. Tenemos carácter. Tenemos ubicación geográfica privilegiada. Tenemos jóvenes con hambre. Tenemos empresarios que se la juegan. Tenemos estados como Chihuahua que compiten todos los días contra regiones de Estados Unidos, Asia y Europa. Pero en el mundo real, como en el futbol, no basta con echarle ganas.

El desarrollo económico tampoco es magia. No se gana con discursos, ni con buenos deseos, ni con gritar “sí se puede” desde la tribuna. Se gana con preparación, método, inversión, disciplina y estándares globales.

México tiene una enorme capacidad para emocionarse. El problema es que muchas veces nos emocionamos más con la narrativa que con el proceso.

Celebramos cuando llega una inversión, pero no siempre preparamos el talento que esa inversión necesita. Queremos mejores sueldos, pero no siempre conectamos educación con industria. Queremos competir con los mejores, pero seguimos formando a muchos jóvenes para un mercado que ya cambió. Queremos atraer empresas globales, pero seguimos teniendo retos básicos en agua, energía, movilidad, seguridad e infraestructura. Y luego, cuando el resultado no llega, buscamos culpables.

Que si el árbitro. Que si el gobierno. Que si los empresarios. Que si la Federación. Que si el pasado. Que si el centralismo. Que si la mala suerte. Algo de eso puede ser cierto. Pero no puede ser toda la explicación. La pregunta de fondo es otra: ¿estamos formando al país con la calidad que exige el mundo?

Porque competir contra Inglaterra en un Mundial se parece mucho a competir contra Texas, Arizona, Corea, Alemania o China por una nueva planta, un centro de ingeniería, una empresa tecnológica o una generación de empleos mejor pagados.

Ellos no improvisan. Ellos forman talento. Invierten en infraestructura. Construyen ecosistemas. Miden resultados. Corrigen rápido. Se especializan. Exportan. Aprenden. Se foguean al máximo nivel.

Nosotros también hacemos muchas cosas bien. Y hay que decirlo.

México tiene una posición geográfica extraordinaria. Chihuahua tiene una cultura industrial poderosa. Tenemos experiencia exportadora. Tenemos empresarios comprometidos. Tenemos universidades, jóvenes, técnicos, ingenieros y una frontera que puede ser una de las grandes ventajas competitivas del siglo XXI.

Pero si queremos jugar en las grandes ligas, tenemos que dejar de pensar en pequeño.

No podemos conformarnos con ser competitivos “para México”. Tenemos que ser competitivos para el mundo.

Eso significa hablar inglés en serio. Significa formar técnicos e ingenieros con visión global. Significa apostarle a la innovación, no sólo a la mano de obra. Significa tener ciudades donde la gente pueda vivir mejor, moverse mejor y pasar más tiempo con su familia. Significa que el desarrollo económico no se mida sólo por cuántas empresas llegan, sino por cuánta riqueza se queda, cuánto talento se forma y cuántas familias suben de nivel.

La Selección Mexicana nos dejó una lección dura: se puede competir con corazón, pero para trascender se necesita calidad. Y México está justo en ese momento.

Podemos seguir celebrando que “dimos buen partido”. Podemos seguir diciendo que “faltó poquito”. Podemos seguir esperando otros cuatro años, otro sexenio, otra oportunidad, otra coyuntura. O podemos ponernos a trabajar en la raíz.

La raíz es educación.
La raíz es talento.
La raíz es infraestructura.
La raíz es seguridad.
La raíz es innovación.
La raíz es cultura de competencia.
La raíz es entender que el mundo no nos va a esperar.

A mí me duele cuando México se queda cerca. En el futbol y en el desarrollo. Porque sé que tenemos con qué. Sé que hay talento. Sé que hay regiones, como Chihuahua, que pueden ser ejemplo nacional si nos ponemos de acuerdo. Pero también sé que el futuro no se gana con nostalgia ni con pretextos. Se gana formando mejor. Compitiendo mejor. Invirtiendo mejor. Pensando más grande. México no necesita menos pasión. Necesita convertir esa pasión en sistema. Porque en el Mundial, como en la economía global, la diferencia entre competir y trascender se llama calidad.

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