Inicio Análisis y Opinión Sin memoria, sin brújula y con mucho en juego

Sin memoria, sin brújula y con mucho en juego

Martín Zermeño durante un análisis sobre la memoria democrática del PAN, el futuro del T-MEC y los desafíos económicos de Chihuahua para la próxima década.
En su columna, Martín Zermeño reflexiona sobre el legado del movimiento democrático de 1986, la incertidumbre del T-MEC y los desafíos que definirán el futuro económico de Chihuahua.

Por Martín Zermeño

La dirigencia del PAN se olvidó de Barrio y el “verano caliente” de 1986

Ayer lunes 6 de julio se cumplieron 40 años de una de las fechas más determinantes de la vida democrática de México, y la dirigencia del PAN la dejó pasar como si se tratara de un día cualquiera. En 1986, Chihuahua se convirtió en el epicentro de una rebelión cívica que hizo temblar al viejo sistema de partido único: huelgas de hambre, marchas silenciosas, un manifiesto inspirador pegado en las puertas de Palacio de Gobierno, y una sociedad entera —empresarios, amas de casa, estudiantes, sacerdotes— que decidió dejar de ser espectadora. Que el partido heredero directo de esa hazaña no haya realizado nada para conmemorarla, es un síntoma de una dirigencia que ha perdido la brújula de su propia identidad histórica.

Vale la pena recordar, aunque sea brevemente, de qué tamaño fue aquella batalla. El fraude del 6 de julio de 1986 se fabricó con lo que los propios protagonistas bautizaron como “las tres D”: descalificación de representantes de casilla, desubicación de última hora de los centros de votación y demora deliberada para desalentar el voto opositor. Hubo convoyes militares recorriendo las carreteras de Chihuahua a Ciudad Juárez, urnas que llegaban ya llenas antes de que abrieran las casillas, y un fraude tan burdo que en algunos municipios serranos se contaron más votos que habitantes en el censo. La respuesta fue una de las gestas de resistencia civil más admirables del siglo XX mexicano: el ayuno de 41 días de Luis H. Álvarez en el Parque Lerdo, replicado simultáneamente por Francisco Villarreal y el doctor Víctor Manuel Oropeza en Ciudad Juárez, y al frente de todo ello, encabezando literalmente las filas junto a manifestantes sentados en el piso que resistían golpes sin responder, un joven alcalde llamado Francisco Barrio Terrazas.

Esa lucha provocó que en 1990, con una resolución histórica de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado mexicano por aquellas elecciones, y sentó las bases culturales y organizativas de todo lo que el panismo lograría después, incluyendo la alternancia del año 2000.

Que la cúpula del PAN haya dejado pasar por alto esta efeméride resulta todavía más difícil de justificar porque ocurre apenas meses después de la muerte de Francisco Barrio Terrazas, fallecido el pasado 29 de diciembre. Un partido con memoria institucional mínima habría aprovechado el cuadragésimo aniversario del episodio que lo definió como fuerza opositora creíble para rendirle homenaje al protagonista que acababa de perder, para reactivar ante las nuevas generaciones el relato fundacional de sacrificio y convicción que hoy escasea en sus filas. En cambio, el silencio ha sido total: ni un acto conmemorativo de peso desde el Comité Ejecutivo Nacional, ni un pronunciamiento que ponga en contexto para los mexicanos más jóvenes por qué Chihuahua 86 sigue siendo una referencia obligada de la lucha democrática. Se les olvidó, sencillamente.

El contraste resulta doloroso cuando se observa que la memoria del verano caliente ha sobrevivido más por el esfuerzo de periodistas, cronistas, historiadores locales y algunos panistas chihuahuenses de a pie que por decisión institucional del partido. Es la militancia de base, no la dirigencia, la que ha mantenido viva la conmemoración en los últimos aniversarios redondos. Mientras tanto, la cúpula del blanquiazul parece hoy más ocupada en sus pugnas internas por el control de candidaturas y espacios de poder que en cultivar el capital simbólico que le dio origen y legitimidad histórica. Un partido que fue capaz de movilizar a una sociedad entera contra un fraude “patriótico” hoy ni siquiera es capaz de movilizar a su propio comité estatal para recordarlo.

Los partidos que sobreviven son los que administran su memoria con cuidado, porque en ella está el argumento moral que justifica su existencia frente a los ciudadanos. El PAN de hoy parece no entenderlo, o ha decidido que no le conviene entenderlo, ocupado como está en cálculos de coyuntura y en alianzas que hace cuatro décadas habrían sido impensables para quienes ayunaron en el Parque Lerdo o se sentaron en el piso a resistir golpes frente a Palacio de Gobierno. Olvidar el verano caliente de 1986 no es únicamente una omisión protocolaria: es la renuncia silenciosa a la única narrativa que todavía podría distinguir al panismo de cualquier otra fuerza política pragmática y sin memoria. Los bárbaros del norte merecían, cuando menos, que su partido se acordara de ellos.

T-MEC sin brújula: lo que se juega Chihuahua en la próxima década

El 1 de julio pasado, se decidió algo que va a marcar la economía del estado durante los próximos diez años: Estados Unidos rechazó renovar automáticamente el T-MEC por 16 años más, como pedían México y Canadá, y en su lugar impuso un esquema inédito de revisiones anuales. El tratado sigue vivo —tiene vigencia garantizada hasta 2036—, pero a partir de ahora vamos a vivir, año con año, la incertidumbre de saber si las reglas del juego cambian o no. Para un estado como Chihuahua, que ha construido su economía alrededor de la exportación, es el tema económico más importante de la década.

Voy a desmenuzarlo en cinco frentes: exportaciones, empleo, inversión extranjera, aranceles y, con más detalle, el clúster automotriz, que concentra buena parte del riesgo y de la oportunidad.

1. Exportaciones: liderar también implica exponerse más

Chihuahua es el estado número uno del país en exportaciones totales, con más de 76 mil millones de dólares reportados y una participación de casi 18% del total nacional. Es, además, el segundo lugar nacional en personal ocupado dentro del programa IMMEX, sólo detrás de Nuevo León.

Ser líder tiene una cara amable —somos indispensables para las cadenas de suministro de Norteamérica— y una cara incómoda: entre más grande es la exposición, más grande es el golpe si las condiciones cambian. El esquema de revisión anual que arrancó este mes significa que, en lugar de tener certidumbre por más de una década, las empresas que exportan desde Chihuahua van a tener que planear su producción, sus inversiones en planta y sus contratos de suministro sabiendo que las reglas pueden ajustarse cada doce meses. Eso no tumba el modelo exportador de un plumazo, pero sí encarece la manera de operar: contratos más cortos, coberturas financieras más caras y menos disposición a comprometer inversiones a 15 o 20 años.

2. Empleo: ¿menos empleos o empleos distintos?

Aquí es donde el discurso oficial y los números de piso de fábrica empiezan a no cuadrar del todo. Chihuahua sigue creciendo en valor agregado —casi 70 mil millones de pesos sólo en el primer trimestre de 2026—, pero el personal ocupado dentro de IMMEX cayó 5% en un año, es decir, poco más de 19 mil empleos menos que en 2024.

Mi lectura es que no vamos hacia un colapso de empleo, sino hacia una recomposición. El clúster automotriz y el aeroespacial, el más grande del país en ese rubro, están apostando por procesos más especializados y mejor pagados: sensores, componentes para vehículos autónomos, dispositivos médicos. Es un empleo de mayor valor, pero también uno que requiere menos manos y más capacitación técnica. La pregunta que le toca resolver a Chihuahua es si la fuerza laboral que hoy se queda fuera de las líneas tradicionales de ensamble tiene manera real de moverse hacia esos puestos mejor pagados, o si simplemente se queda desempleada mientras la estadística estatal celebra “empleos de calidad”.

3. Inversión extranjera: ¿pausa o freno estructural?

Chihuahua se ubica entre los primeros cinco estados receptores de inversión extranjera directa del país y es de los principales destinos de IED en la industria automotriz. Ese liderazgo se construyó en un entorno donde un inversionista sabía, con certeza jurídica de largo plazo, qué reglas regirían su planta durante toda su vida útil.

Ese entorno ya no existe. Especialistas en comercio exterior han señalado que la estrategia de Washington de mantener la incertidumbre no es un efecto colateral, sino un objetivo: empuja a las empresas a invertir en territorio estadounidense en lugar de mexicano. No creo que veamos una fuga masiva de capital de Chihuahua —la infraestructura, el talento y la cercanía con la frontera siguen siendo activos que no se replican de la noche a la mañana—, pero sí es razonable esperar una pausa en los anuncios de inversión “ancla” de gran escala mientras las empresas esperan a ver qué sale de la tercera ronda de negociación bilateral programada para la semana del 20 de julio. Las decisiones de mil millones de dólares no se toman con un tratado que se revisa cada año.

4. Aranceles: el golpe ya está aquí, no es hipotético

Este es el punto donde Chihuahua ya está sintiendo el costo, no como amenaza futura sino como cifra en el balance de este año. Estados Unidos mantiene un arancel de 50% al acero y al aluminio mexicanos bajo la Sección 232, con una excepción parcial: baja a 25% para las cadenas de suministro de vehículos medianos y pesados que cumplen reglas de origen del T-MEC, procesan el metal bajo el esquema “melted and poured” en la región y presentan compromisos de nueva producción en territorio estadounidense. A los vehículos que no cumplen contenido regional se les aplica un arancel de 25%.

Es decir, la discusión ya no es si habrá aranceles, sino cuáles y a qué tasa.

5. El clúster automotriz de Chihuahua: donde se concentra el riesgo y la apuesta

Si hay un sector donde todo lo anterior converge —exportaciones, empleo, inversión y aranceles— es el automotriz. Es el principal empleador dentro del programa IMMEX en Chihuahua: más de 155 mil trabajadores repartidos en más de 150 empresas, entre armadoras, proveedores Tier 1 y Tier 2, y centros de ingeniería. Ford opera planta en el estado, y a su alrededor se ha construido un ecosistema de proveeduría que en los últimos años ha atraído inversiones de compañías estadounidenses, canadienses, italianas y holandesas dedicadas a componentes de iluminación, interiores y sensores inteligentes para vehículos autónomos y eléctricos. Empresas como BWI Group forman parte activa de ese entramado, junto con decenas de proveedores organizados en torno al Clúster Automotriz de Chihuahua.

Ese clúster no es un actor pasivo frente a la incertidumbre del T-MEC: ya trabaja en una agenda 2026-2030 centrada en formación de talento —incluyendo educación dual con universidades y micro-credenciales técnicas—, fortalecimiento de proveedores locales y adopción de tecnologías de manufactura avanzada, automatización e inteligencia artificial. Es, en el papel, exactamente la estrategia correcta para una industria que sabe que ya no puede competir solo por mano de obra barata.

Pero la exposición al riesgo arancelario es real y directa. La industria automotriz depende de que el acero y el aluminio que entran a las plantas de Chihuahua —y los vehículos y autopartes que salen de ellas hacia Estados Unidos— sigan calificando bajo las reglas de origen del T-MEC para evitar las tasas más altas. Cualquier endurecimiento en la revisión anual sobre el porcentaje de contenido regional exigido, o sobre el proceso de “melted and poured”, puede mover de la noche a la mañana la rentabilidad de una planta entera. Y a diferencia de otros sectores exportadores, aquí no hay margen para diversificar rápido de mercado: la cadena de suministro automotriz de Norteamérica está diseñada para operar como un solo bloque, con piezas cruzando la frontera varias veces antes de terminar en un vehículo ensamblado.

La otra cara de la moneda es que, si México logra en la revisión del T-MEC lo que está pidiendo —reducir o eliminar los aranceles al acero, al aluminio y a los autos que cumplen reglas de origen—, Chihuahua está mejor posicionado que casi cualquier otro estado para capturar la siguiente ola de nearshoring automotriz: ya tiene la infraestructura, la mano de obra especializada, la cercanía con la frontera y, ahora, una hoja de ruta gremial hacia la manufactura 4.0. El clúster automotriz de Chihuahua no va a decidir el resultado de la negociación entre Ebrard y Greer, pero sí va a ser, para bien o para mal, el termómetro más fiel de lo que esa negociación signifique en la vida diaria del estado.

La conclusión que no queremos escuchar

Chihuahua no va a dejar de ser una potencia exportadora de la noche a la mañana. Pero la década que empieza no se va a parecer a la anterior. Vamos a tener que acostumbrarnos a vivir en revisión permanente: negociar cada año lo que antes se negociaba cada seis, defender cada año los empleos que antes se daban por sentados, y convencer cada año a un inversionista de que sigue valiendo la pena apostar por nosotros. El reto para el gobierno estatal, para los empresarios y para quienes representamos a Chihuahua no es lamentar la pérdida de la certidumbre de antes, sino construir, desde ahora, los argumentos y la competitividad que nos permitan seguir siendo la primera opción de Norteamérica, revisión tras revisión.

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