
Por Jorge Cruz Camberos
Hace unos días leí una noticia que me hizo detenerme unos minutos. En Estados Unidos comenzó un programa para que muchos niños tengan una cuenta de inversión desde que nacen. Más allá del nombre del programa o del debate político que lo rodea, hubo una idea que ya no pude sacarme de la cabeza. ¿Y si empezáramos a construir el patrimonio de nuestros hijos desde el día en que llegan al mundo?
Como papá de cuatro hijos, confieso que esa pregunta me pegó. Recuerdo perfectamente cuando nació cada uno de ellos. Pensé en su salud, en su educación, en el tipo de persona que quería ayudar a formar. Pensé en las escuelas, en el deporte, en los valores que quería transmitirles. Pero nunca pensé en abrirles una inversión el mismo día que nacieron y creo que no fui el único.
En México hablamos mucho de cómo darles una buena educación a nuestros hijos. Hablamos de enseñarles inglés, de meterlos a un deporte, de llevarlos a una buena universidad. Todo eso es importante. Pero casi nunca hablamos de enseñarles a construir patrimonio. Tal vez porque nosotros tampoco crecimos hablando de eso.
Durante muchos años nos enseñaron que estudiar era suficiente para salir adelante. Después entendimos que también había que trabajar muy duro. Hoy creo que falta una tercera conversación. Aprender a construir patrimonio. Porque el ingreso te ayuda a vivir. El patrimonio te da libertad. No son lo mismo.
Una familia puede tener un buen ingreso y, aun así, vivir siempre al límite. También puede tener ingresos normales y, con paciencia y disciplina, construir un patrimonio que transforme el futuro de sus hijos.
La diferencia casi nunca está en un golpe de suerte. Está en las decisiones pequeñas que se toman durante muchos años. Eso fue lo que me llamó la atención de esta iniciativa. No porque crea que México deba copiar exactamente lo que hacen otros países. Nunca he creído en copiar. Sí creo en aprender. Singapur encontró formas de incentivar el ahorro desde la infancia. Canadá ayuda a las familias a construir el ahorro para la educación de sus hijos. En Estados Unidos hoy están apostando por acercar la inversión a las nuevas generaciones desde que nacen. Todos son modelos distintos. Pero todos parten de una idea muy poderosa. El patrimonio necesita tiempo. Y el tiempo es el único activo que, una vez perdido, nunca regresa.
Quizá por eso la mejor inversión para un niño no sea necesariamente la que más dinero genera. Es la que empieza más temprano. Mientras escribía estas líneas pensé en algo muy sencillo. En México regalamos juguetes cuando nace un bebé. Regalamos ropa. Carriolas. Pañales. Todo eso hace falta. Pero imaginemos que, además, los abuelos hicieran una primera aportación a una cuenta de inversión.
Que los padrinos cambiaran un regalo por una inversión para el futuro. Que cada cumpleaños fuera una oportunidad para seguir construyendo patrimonio. No se trata de hacer grandes depósitos. Se trata de comenzar. Porque cuando una inversión tiene veinte o treinta años para crecer, ocurre algo extraordinario. El tiempo hace la mayor parte del trabajo. Y eso cambia completamente la conversación. Dejamos de pensar solamente en cuánto ganamos. Empezamos a pensar en qué estamos construyendo. Creo que México necesita abrir esa conversación.
Durante décadas hemos discutido cómo repartir mejor la riqueza. Quizá también deberíamos preguntarnos cómo ayudar a que más familias puedan construirla. No hablo únicamente del gobierno. Hablo de nosotros. De las decisiones que tomamos en casa. De lo que enseñamos con el ejemplo. De dejar de pensar únicamente en el siguiente fin de semana y empezar a pensar en la siguiente generación. Porque el patrimonio no es solamente dinero. Es tranquilidad. Es libertad para elegir. Es la posibilidad de estudiar donde uno quiera. De emprender sin que el miedo paralice. De enfrentar una emergencia sin empezar desde cero.
En pocas palabras, el patrimonio compra algo mucho más valioso que las cosas. Compra oportunidades. Por eso nace este espacio. Patrimonio para Todos no pretende decirle a nadie dónde invertir ni vender productos financieros. Quiere abrir una conversación que, en mi opinión, México ha pospuesto durante demasiado tiempo. ¿Cómo logramos que más familias construyan patrimonio? ¿Cómo hacemos que nuestros hijos no sólo hereden nuestros valores, sino también mejores oportunidades? ¿Cómo conseguimos que la movilidad social deje de ser una excepción y se convierta en una realidad para millones de mexicanos?
No tengo todas las respuestas. Pero estoy convencido de que las grandes transformaciones siempre empiezan con una buena pregunta. Y hoy quiero dejarte una. Si mañana naciera un hijo o un nieto en tu familia, ¿cuál sería la primera inversión que harías para su futuro? Quizá la respuesta a esa pregunta termine cambiando mucho más que el destino de una sola persona. Quizá también pueda cambiar el de México.
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