Por Jorge Cruz Camberos
2026 no arrancó con diplomacia. Mientras en Washington se afilan los cuchillos para renegociar el T-MEC, en Palacio Nacional siguen tocando la misma melodía: soberanía a todo volumen y cero autocrítica. El problema es que la música que se escucha allá arriba, en la frontera norte, es otra. Y el ritmo que viene es el de la presión comercial.
La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá —el famoso T-MEC— ya no es un asunto lejano para diplomáticos. Es un tema de sobremesa empresarial, de nerviosismo industrial, y de preocupación real para estados como Chihuahua, donde el comercio con Estados Unidos no es una opción ideológica, sino una necesidad económica.
Narco, migración y comercio: el cóctel Trump
Las recientes declaraciones de Donald Trump, ahora nuevamente figura central de la política estadounidense, no dejaron lugar a dudas: el narcotráfico en México será utilizado como instrumento de presión en la revisión del T-MEC. No es paranoia, es táctica. La seguridad ha entrado —por la puerta grande— al menú de negociación.
¿El resultado? México está siendo obligado a mostrar resultados explícitos en temas como combate al crimen organizado y control migratorio. Esto, según empresarios como Armando Gutiérrez Cuevas de Canacintra, no es un simple gesto: es una condición. Y si México no cumple, la respuesta puede venir en forma de aranceles, restricciones o simplemente una renegociación menos favorable.
El ruido de Palacio que retumba en Washington
Pero el verdadero incendio lo provocan las señales que México está mandando al mundo. Según el Wall Street Journal, el gobierno mexicano ha “actuado como un adversario”, no solo por condenar la operación estadounidense contra Maduro, sino por su historial reciente: invitar soldados rusos y chinos al desfile militar, apoyar a Evo Morales, boicotear la Cumbre de las Américas. No son detalles menores. Son símbolos que pesan.
Y en un año donde Estados Unidos redefine su política comercial con México, estos gestos pueden costar caro.
Chihuahua: al frente de la tormenta
Aquí, en Chihuahua, no necesitamos teorías geopolíticas para entender la gravedad del asunto. Lo vivimos a diario. Somos una economía que se mueve al ritmo de la manufactura, de las exportaciones, de las cadenas de valor binacionales. Aquí cualquier sacudida en la relación con EE.UU. se traduce en empleos, en inversiones que no llegan, en empresas que dudan.
La postura del gobierno federal, por muy soberana que se diga, está comprometiendo esa relación estratégica. Y la región fronteriza, lejos de tener voz propia en la negociación, parece atrapada entre las ocurrencias de un gobierno que juega ajedrez geopolítico sin saber mover las piezas.
¿Estamos listos para perder el T-MEC?
La gran pregunta no es si se va a renegociar el T-MEC. Es cómo lo vamos a negociar. Con qué narrativa, con qué resultados en la mesa, con qué aliados. Porque mientras Estados Unidos ya puso sus condiciones —seguridad, migración, lucha contra el fentanilo— en México seguimos atrapados entre la retórica y la omisión.
El riesgo no es menor. Estados Unidos puede endurecer condiciones, imponer aranceles, o simplemente retirar beneficios. No por capricho, sino por una narrativa cada vez más popular entre su clase política: que México no es un socio confiable.
¿Y ahora qué?
México debe reaccionar. Urge construir una narrativa creíble de cooperación, resultados y compromiso. No basta con discursos de no intervención. Se necesitan datos, operaciones conjuntas, señales claras de que el crimen organizado no tiene las llaves del Estado. Y eso empieza desde adentro, con decisiones políticas valientes.
Chihuahua, como región estratégica, también debe levantar la voz. No podemos ser rehenes de una política exterior que nos desconecta del mercado que nos sostiene. El momento exige claridad, visión y liderazgo. Y sí, también exige decirle al centro del país que sin seguridad, sin institucionalidad y sin diálogo, lo que se juega no es solo un tratado: es el futuro económico de millones de mexicanos.

















