Por Jorge Cruz Camberos
México no está al borde de una secesión. No veremos estados levantando banderas ni declarando independencia.
Pero eso no significa que el país esté sano.
El riesgo real es más silencioso —y más peligroso—: un México partido en dos.
Por un lado, regiones productivas, competitivas, integradas al comercio global, que generan empleo y pagan impuestos… frustradas.
Por el otro, regiones cada vez más dependientes, atrapadas en la transferencia permanente y en la ausencia de capacidades propias.
No es una fractura ideológica. Es económica, institucional y acumulativa.
Cuando el Estado no cumple
Un gobierno federal que no garantiza seguridad, educación de calidad, salud funcional, infraestructura ni certidumbre jurídica rompe el contrato básico con quienes producen. No por confrontación, sino por omisión.
La historia ya nos dio esta lección. En el siglo XIX, ante un centro incapaz de dar orden y reglas claras, las regiones más dinámicas comenzaron a cuestionar el modelo. No por rebeldía política, sino por supervivencia económica. Hoy el paralelismo es evidente.
El problema no es contribuir.
El problema es contribuir sin recibir Estado.
Cuando la federación deja de responder, las regiones no se separan: se desconectan. Invierten menos, planean en corto plazo y buscan protegerse solas. El país no se rompe de golpe, se desgasta lentamente.
El riesgo de un México a dos velocidades
Si seguimos por este camino, el país puede quedar atrapado en una dinámica perversa: regiones que producen pero se sienten castigadas, y regiones que dependen pero no construyen capacidades. Ninguna gana. México pierde.
La centralización excesiva no genera igualdad; genera mediocridad compartida.
¿Qué toca hacer desde Chihuahua?
No quejarnos. Liderar.
Chihuahua tiene base productiva, talento, cultura empresarial y una clara vocación de largo plazo. Eso implica responsabilidad.
Primero, impulsar un federalismo funcional, no retórico. Decisiones más cerca de donde se produce y se vive, con corresponsabilidad fiscal real.
Segundo, blindar certidumbre jurídica desde lo local. Si el entorno nacional es incierto, estados y municipios deben ser espacios de reglas claras, trámites simples y respeto a la inversión.
Tercero, invertir en autonomía: educación técnica de alto nivel, innovación, agua, energía e infraestructura logística. Eso reduce dependencia y eleva competitividad.
Cuarto, organizar al sector productivo con visión común. Empresarios, academia y sociedad civil alineados en una agenda clara. El desarrollo no es espontáneo, se coordina.
Y quinto, elevar la conversación nacional. Chihuahua no necesita confrontar, pero sí marcar agenda: seguridad como condición económica, desarrollo regional como política de Estado y un pacto fiscal moderno que reconozca el esfuerzo de quienes producen.
México no se va a romper por la fuerza.
Puede romperse por el desgaste.
Desde Chihuahua tenemos la oportunidad —y la obligación— de demostrar que sí hay otra forma de hacer país: con responsabilidad, competitividad y visión regional.
No para separarnos, sino para que México vuelva a funcionar.
















