Víctor Manuel Cruz Márquez nació en 1913, no en un Chihuahua en expansión, sino en uno que aprendía a reconstruirse. La Revolución Mexicana aún no terminaba y sus efectos se sentirían con fuerza durante toda la década siguiente.No fue una infancia marcada por la abundancia, sino por la escasez, la incertidumbre y la conciencia temprana de que el progreso no llegaría solo.
A su generación le tocó algo decisivo: levantar lo que había quedado en ruinas. Infraestructura débil, instituciones frágiles, una economía local dependiente del campo y de actividades extractivas. En ese entorno, Cruz Márquez entendió que reconstruir no era volver al pasado,sino imaginar un Chihuahua distinto.
Su trayectoria empresarial se explica desde ahí. No fue un hombre de apuestas rápidas, sino de cimientos sólidos. En los años clave de la industrialización del norte, presidió el consejo de Cementos de Chihuahua, hoy GCC, en una etapa donde el retonoeracrecerporcrecer,sinoinstitucionalizar:gobernanza, visión regional y disciplina. El cemento no era solo producto; era símbolo de reconstrucción, de obra, de ciudad.
También apostó por sectores que conectaban directamente con la vida productiva del estado. Fue fundador y propietario original de Jidosha Nissan en Chihuahua, cuando el automóvil comenzaba a transformar la movilidad, el comercio y el trabajo. Aquella concesionaria fue más que un negocio familiar: se convirtió en una plataforma de profesionalización e institucionalidad en el sector automotriz, base sobre la que más tarde se consolidaría una trayectoria generacional.
Su visión incluyó igualmente la actividad pesada y la infraestructura.Participó en negocios vinculados a maquinaria e industria, como la distribución de equipo Caterpillar en Chihuahua y Durango, entendiendo que no hay desarrollo sin caminos, sin construcción, sin capacidad productiva instalada. Ahí se forja la economía real, lejos de los discursos.
Pero reducir a Víctor Cruz Márquez a sus empresas sería perder lo esencial. Porque si algo distingue su legado es la convicción de que la reconstrucción verdadera pasa por las personas. Desde 1965 impulsó Promociones Educativas A.C., colaborando con el gobierno estatal para construir escuelas cuando la infraestructura educativa era insuficiente para un Chihuahua que aspiraba a industrializarse.
Esa visión evolucionó en algo aún más profundo: fue fundador de Cooperación Educativa A.C., conocida como Fundación Becas. No como un gesto asistencial, sino como un modelo sostenido de movilidad social. El impacto es tangible: más de mil jóvenes becados en la última década y más de 500 estudiantes apoyados actualmente. Para Cruz Márquez, educar no era un complemento del desarrollo; era su condición.
De ese mismo impulso surgirían proyectos educativos que más tarde darían origen a ESFER, ampliando el acceso formativo y consolidando una alternativa educativa independiente con profundo arraigo social.
Hay un dato que resume su forma de pensar el futuro: hoy, Cooperación Educativa A.C. es presidida por su nieto. La educación, para Víctor Cruz Márquez, nunca fue coyuntura. Fue proyecto de largo plazo, pensado para trascender generaciones.
Su vida conecta tres dimensiones que rara vez conviven con coherencia: empresa, institución y filantropía. No desde la caridad, sino desde una lógica clara: invertir en personas para sostener regiones.
En un Chihuahua que hoy vuelve a hablar de reconstrucción —ahora frente a la automatización, la competencia global y la desigualdad— su historia cobra nueva vigencia. Porque recuerda que los estados fuertes no se improvisan. Se construyen cuando alguien, en medio de la incertidumbre, decide pensar en el futuro y actuar en consecuencia.
















