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Chihuahua y Wichita: capitales hermanas del aire

Por José J. Jordán

Hace un siglo, Wichita se ganó el nombre de Capital Mundial del Aire. Hace apenas dos décadas, Chihuahua empezó a construir el suyo, en silencio, como la ciudad más importante del sector aeroespacial en México. Hoy, esas dos historias se unen para continuar escribiendo nuevas páginas de desarrollo y éxito.

En julio de 2026, en Farnborough, una de las ferias aeroespaciales más importantes del mundo, se firmó el convenio de hermanamiento entre Wichita y Chihuahua capital, con la gobernadora del estado, Maru Campos, como testigo de honor, y la participación de la alcaldesa de Wichita, Lily Wu; René Chavira, alcalde suplente y representante del alcalde Marco Bonilla, acompañado por la Dirección de Desarrollo Económico y Competitividad de la ciudad de Chihuahua; el presidente de la Universidad de Wichita, Richard Mumma, y representantes de la cancillería mexicana.

Este hermanamiento, muy esperado y gestionado por todo el sector, busca que ambas regiones se fortalezcan mutuamente en el sector que más comparten: el aeroespacial. En estas ciudades se construye una parte considerable de los aviones que hoy surcan el cielo. Wichita y Chihuahua ya eran hermanas en los hechos mucho antes de la firma, pues comparten una cadena de valor que lleva años construyéndose y que no ha dejado de fortalecerse. Ahora ese vínculo queda formalizado en un acto oficial donde ambas ciudades se comprometen para el presente y el futuro.

Para entender la importancia de este hermanamiento, hay que mirar primero el tamaño del cielo que estas ciudades comparten. Según PwC, en su reporte Global aerospace and defense: Annual performance and outlook — 2026 edition, publicado el 9 de junio de 2026 con datos de 2025, por primera vez en la historia tanto los ingresos combinados de las 100 mayores empresas aeroespaciales y de defensa del mundo como la cartera de pedidos de aviones comerciales superaron el billón de dólares, cada uno por separado. La cartera de pedidos alcanzó casi 15,000 unidades y la ganancia operativa de la industria creció 46% en 2025. 

Ese récord llega apenas años después de la peor crisis de su historia: según IATA, las pérdidas netas de la aviación mundial durante la pandemia superaron los 201,000 millones de dólares. Ante los riesgos que dejó al descubierto esa crisis, la industria ha apostado por el near-shoring y la complementariedad regional como estrategia, no como opción.

México encontró, de forma silenciosa, un lugar propio en esa nueva geografía del cielo. Sólo algunas regiones del país entendieron a tiempo que atraer y desarrollar esta industria requería algo más que suerte, y emprendieron estrategias sectoriales deliberadas para lograr infraestructura y talento. Chihuahua y Querétaro son dos ejemplos de esa intencionalidad. De esas regiones, Chihuahua representa hoy la ciudad más importante del país en el sector: es sede de 5 de los 8 fabricantes de equipo original (OEM) aeroespaciales instalados en México, una concentración que ninguna otra ciudad mexicana iguala. Ese lugar tiene respaldo institucional en el T-MEC que facilita que la manufactura mexicana se integre a las cadenas de suministro norteamericanas, y en 2026 el Gobierno de México publicó el Programa Espacial Mexicano 2026-2030, que reconoce al sector como estratégico para el país.

Ese trabajo en Chihuahua tiene fecha de inicio, alrededor de 2007, cuando apenas cinco empresas del ramo operaban en la ciudad y gobierno, academia e industria se organizaron bajo el modelo de triple hélice. Menos de dos décadas después, el clúster reúne a más de 60 compañías certificadas, con un crecimiento de más de 25% en los últimos dos años. Chihuahua es hoy la entidad líder del país en producción bruta total del sector, con el 36% del valor nacional, 968.6 millones de dólares según el Censo Económico. La ciudad alberga el centro de maquinado industrial más grande de América Latina y el mayor centro de fabricación de arneses aeroespaciales del mundo. El sector genera más de 17 mil empleos directos, la cifra más alta entre las entidades mexicanas del ramo, y sus universidades forman a cerca de 28 mil estudiantes en carreras vinculadas a la industria. Chihuahua concentra además el 25% de las plantas aeroespaciales del país y cerca del 22% de toda la IED aeroespacial que ha recibido México en casi dos décadas. FEMIA la reconoce como el clúster más integrado del país, y el Programa Espacial Mexicano la señala como pieza estratégica.

Del otro lado de la frontera, el liderazgo de Wichita es todavía más antiguo. En 1929, la Aeronautical Chamber of Commerce, hoy Aerospace Industries Association, reconoció a Wichita por producir más aeronaves que cualquier otra ciudad de Estados Unidos, título que sigue siendo literal casi cien años después: desde 1920, sus fábricas han producido cerca de un cuarto de millón de aeronaves. Hoy concentra un ecosistema de manufactura aeroespacial denso, con más de 450 proveedores en Kansas y una concentración de empleo 33 veces mayor al promedio nacional de EUA, según Brookings. El sector genera más de 65,000 empleos y una producción económica anual superior a los 24,000 millones de dólares, con exportaciones cercanas a los 2,300 millones de dólares al año. Su universidad pública alberga el mayor instituto de investigación aeronáutica de Estados Unidos, con un presupuesto de 400 millones de dólares. A finales de 2025, una reconfiguración corporativa reciente en el sector reforzó, en lugar de debilitar, el papel de Wichita en la producción de aeronaves comerciales.

Esa complementariedad que ambas ciudades comparten no es una aspiración a futuro: ya sucede todos los días, en la operación industrial y el intercambio de talento y productos. El alcalde de Chihuahua lo ha explicado de forma sencilla: una aeronave nace, en buena parte, en la ciudad, y viaja después a Wichita para completar su proceso y estar lista para volar. La firma del 21 de julio no inventó esa relación; la reconoció formalmente, y abrió la posibilidad de profundizarla en materia educativa, comercial y de talento.

Este momento tiene especial relevancia en el marco de la revisión del T-MEC en 2026: Chihuahua y Wichita son la prueba de que la integración de Norteamérica funciona. Pero un hermanamiento no se sostiene sólo con la firma. Lo que distingue a una alianza funcional de un acuerdo protocolario son metas claras, programas activos y resultados medibles. Chihuahua y Wichita ya tienen lo más difícil resuelto: una relación probada, una cadena de valor industrial especializada que comercia todos los días y dos comunidades cada vez más enlazadas. Lo que falta por construir es la estructura que la haga crecer de forma intencional, un siguiente paso en la colaboración que inicialmente apunta a la preparación de las personas, como construir juntos ese talento diferenciador que ayuda a ambas regiones a mantener ese liderazgo y seguir creciendo. El 21 de julio no fue el final de una historia, fue apenas el primer capítulo escrito en voz alta de una que lleva años construyéndose en silencio.

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