Por Martín Zermeño
Los charlatanes se reúnen en Barcelona
En su más reciente obra, Charlatanes (2026), Moisés Naím y el politólogo Quico Toro diseccionan, a partir de 24 perfiles históricos y contemporáneos, la anatomía del engaño político en la era digital. Tras su aclamado libro sobre las tres P —posverdad, populismo y polarización—, los autores profundizan ahora en cómo farsantes y líderes populistas manipulan a la sociedad mediante técnicas sofisticadas potenciadas por la inteligencia artificial, los deepfakes y la viralización masiva. La obra, ampliamente recomendada en círculos académicos y periodísticos, advierte que estos personajes prosperan cuando las instituciones pierden credibilidad, transformando la política en un terreno fértil para el engaño sistemático.
La referencia al libro de Naím resulta inevitable al analizar lo que ocurrió el pasado fin de semana – los días 17 y 18 de abril-, en Barcelona, ya que fue escenario de la llamada Global Progressive Mobilisation (GPM), una cumbre organizada por la Internacional Socialista, el Partido Socialista Europeo y la Alianza Progresista, y auspiciada por los presidentes Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva. El evento, congregó a una constelación de líderes de izquierda: el presidente de España, Pedro Sánchez; el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi; el presidente de Colombia, Gustavo Petro; la presidenta de México, Claudia Sheinbaum; el presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, y más de un centenar de invitados progresistas. Por vía telemática se sumaron figuras como Bernie Sanders, Hillary Clinton y el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.
El evento no estuvo exento de polémica. En las inmediaciones del recinto, el partido ultraderechista Vox, encabezado en Cataluña por Ignacio Garriga, irrumpió con pancartas de “fuera narcos” dirigidas a Sheinbaum, Petro y Lula da Silva, mientras acusaba a Sánchez de convertir Barcelona en la “capital de la izquierda criminal”. Simultáneamente, la organización Hazte Oír desplegó lonas con imágenes de Sánchez y Zapatero bajo el calificativo de “criminales”, tildando el evento de “fakecumbre”. Más resonante aún fue la postura de María Corina Machado, opositora venezolana y Premio Nobel de Paz, quien rechazó reunirse con Sánchez y expresó su decepción con la convocatoria.
El contexto geopolítico en que se celebró la cumbre es determinante para entenderla. El encuentro de Barcelona se realizó apenas seis semanas después de que Donald Trump encabezara en Florida la Cumbre Escudo de las Américas, donde convocó a 12 líderes conservadores de América Latina para coordinar acciones conjuntas contra el crimen organizado —incluyendo la presión sobre Venezuela, Cuba y los gobiernos de izquierda que, en palabras de Washington, han establecido vínculos con los cárteles de la droga. La GPM buscó posicionarse, como un contrapeso “no formal” a esa agenda.
Precisamente esa presión norteamericana coloca en predicamento a los gobiernos populistas de izquierda que han vendido su alma a los carteles de la droga. La intervención de Estados Unidos en Venezuela con el pretexto de atacar al Cartel de los Soles —señalado como organización terrorista—, y las amenazas directas lanzadas a narco-políticos de Cuba y México, evidencian una escalada que ningún discurso progresista puede eludir fácilmente. Para los asistentes a la cumbre barcelonesa, el dilema no es retórico: es de gobernabilidad.
Regresando a Naím, el diagnóstico del libro es quirúrgico: el charlatán moderno no es el vendedor de ungüentos del siglo XVI, sino un operador sofisticado que usa datos, narrativas emocionales e inteligencia artificial para engañar antes de que la razón intervenga. Sus mecanismos son la “viralización” y la “polarización”, que generan identidades tribales y exigen lealtad absoluta. La pandemia de la desinformación, subrayan los autores, socava la confianza en expertos e instituciones, haciendo a la ciudadanía más vulnerable. Naim lo resume con una conclusión inquietante: nadie es inmune a los charlatanes, porque todos tenemos sueños.
La clausura de Barcelona fue, en sí misma, un espectáculo de manual charlatanesco: más de cinco horas de discursos ininterrumpidos, música en vivo con el himno de John Lennon, banderas ondeando y consignas de “Free Palestine” y “No a la guerra”.
En uno de los capítulos más citados, Naím y Toro describen a Berlusconi como el paciente cero de la charlatanería política moderna, un “Trump mediterráneo” de los años 90. Parafraseando a Marx, sostienen que Berlusconi fue la tragedia, y Trump, la farsa. La pregunta que flota en el ambiente tras Barcelona es inevitable: ¿quién escribirá el capítulo sobre el viejo Foro de Sao Pablo, convertido ahora en esta nueva internacional progresista?
No aprobarían una auditoría las encuestas en el PAN
Las encuestas políticas son instrumentos fundamentales en la arquitectura democrática. Bien diseñadas y metodológicamente rigurosas, permiten capturar con precisión estadística la opinión pública sobre liderazgos, políticas públicas y preferencias electorales. En manos de casas encuestadoras serias, con marcos muestrales representativos y metodologías auditables, constituyen una brújula invaluable para la toma de decisiones estratégicas. En manos equivocadas, se convierten en el instrumento perfecto de manipulación.
Y de eso, precisamente, se trata el caso que hoy ocupa a la dirigencia del Partido Acción Nacional en Chihuahua. Confiar ciegamente en las encuestas que aplica el grupo timbiriche, a través de SConsulting, es un riesgo mayúsculo. La vox populi es elocuente y la manipulación, evidente para quienes observan desde adentro. Harían bien los aspirantes a los distintos cargos de elección popular en gestionar ante el Comité Ejecutivo Nacional del PAN una auditoría formal a las últimas mediciones de esa firma, y en exigir la contratación paralela de una casa encuestadora independiente que realice encuestas “espejo” para contrastar resultados.
En política, la diferencia entre una encuesta honesta y una fabricada puede costar una candidatura, un proceso interno o la credibilidad de un partido entero. En el PAN, un instituto que históricamente ha basado su identidad en la ética y la transparencia, tolerar encuestas amañadas no es solo un error táctico: es una contradicción de origen que sus militantes y simpatizantes no deberían permitir.
La encrucijada del mundial de fútbol
Por razones de trabajo, he recorrido en los últimos 15 días Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México, las tres ciudades mexicanas sede del Mundial de Fútbol 2026, que inicia el próximo 11 de junio —a apenas 52 días de esta columna. El diagnóstico es preocupante: aeropuertos caóticos, obras inconclusas, baches en arterias principales, transporte público deficiente, ampliaciones de avenidas a medio terminar y, sobre todo, una inseguridad desbordada. Los cientos de trabajadores que aún sudan en andamios saben, con una certeza amarga, que los tiempos no se van a cumplir. El panorama para México en este Mundial apunta mal, con gobiernos ineficaces que, encima, tienen que lidiar con que la selección nacional atraviesa uno de sus peores momentos.
Los números respaldan esa percepción ciudadana. Según Kantar, empresa líder en datos y consultoría, la inseguridad encabeza las preocupaciones de los mexicanos en este primer trimestre de 2026 con un 63%, seguida por el alza de precios (38%) y la situación política (33%). El Mundial apenas aparece en el radar. Más ilustrativo aún: la expectativa de asistir a un partido en el estadio cayó del 61 al 42 por ciento, desplomada por los altos costos de los boletos, las dificultades de adquisición y, sobre todo, el miedo. El 83% de los encuestados planea ver el torneo desde su casa.
La dimensión criminal del evento ha sido documentada con rigor académico por Víctor Manuel Sánchez Valdés, investigador de la Universidad Autónoma de Coahuila, quien ha identificado ocho vetas de negocio ilícito que el crimen organizado pretende explotar: venta de boletos falsos, mercancía pirata, narcomenudeo, servicios sexuales forzados, tours turísticos fraudulentos, apuestas ilegales, extorsión y “cobro de piso” a comercios, y lavado de dinero mediante empresas fantasma que desaparecen tras el torneo.
El estudio señala que el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) posee la mayor capacidad operativa debido a su control territorial en las ciudades sede, secundado por facciones del Cártel de Sinaloa, la Familia Michoacana, el Cártel del Noreste y la Unión Tepito. En Monterrey, la situación es particularmente compleja: al menos cinco grupos criminales se disputan el control de distintas zonas, lo que dificulta cualquier tregua. México, recuerda la estadística más inquietante, concentra aproximadamente 30,000 homicidios anuales y siete de las diez ciudades más peligrosas del mundo.
El gobierno federal ha desplegado el llamado Plan Kukulkán, con cerca de 100,000 efectivos y tecnología de vigilancia avanzada —incluyendo 30,000 cámaras adicionales en la Ciudad de México y anillos de seguridad alrededor de estadios, aeropuertos y hoteles.
Sánchez Valdés subraya que la implementación de estrategias de seguridad robustas es indispensable para los 39 días que durará la competencia. La pregunta es si el aparato institucional mexicano está a la altura. Un reporte reciente de Expansión advierte que México llega al Mundial con una arquitectura de seguridad diseñada para otra amenaza, en otro tiempo, frente a otro enemigo. El plan existe, pero la brecha entre el discurso y la capacidad real es evidente para cualquiera que haya pisado estas ciudades en las últimas semanas.
México tiene historia en la organización mundialista —1970 y 1986 son referentes— y puede lograrlo. Pero la diferencia entre un Mundial que refuerce la imagen del país y uno que la destruya no dependerá solo de los goles. Dependerá de si los tres niveles de gobierno son capaces de cerrar la brecha entre la promesa y la realidad en menos de dos meses. El cronómetro ya corre. Y el mundo mirará.
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