Por Jorge Cruz Camberos
Esta semana, mientras en México discutimos si los precandidatos dijeron algo nuevo (spoiler: no), en una ciudad alpina de nombre elegante—Davos, Suiza—se está reescribiendo el libreto del poder global. Y aunque parezca lejano, lo que pase ahí va a pegar de este lado del mundo, directo en la economía mexicana, en nuestras oportunidades de crecimiento y en nuestro margen de maniobra frente a lo que viene.
Del 20 al 24 de enero de 2026, se celebra la edición 56 del Foro Económico Mundial. Un evento que, desde 1971, ha sido el lugar favorito de los líderes para hablar de globalización, innovación, desarrollo… y últimamente, de cómo sostener el orden internacional mientras se les desmorona en las manos.
Este año, el foco está donde siempre: en Donald Trump, quien regresa a Davos por primera vez en su segundo mandato. Y aunque su presencia parece un déjà vu mal editado, lo que representa es muy actual: el fin de las formas, el regreso del interés nacional por encima de cualquier pacto, y el mensaje de que el mundo ya no se organiza en torno a consensos… sino a pulsos de poder.
Davos ya no es cumbre, es termómetro
Durante décadas, Davos fue la catedral de la cooperación global. Ahí se vendió la idea de que el libre comercio salvaría al mundo. Ahí se impulsaron tratados, se denunciaron desigualdades, se debatió sobre el futuro verde, digital, inclusivo.
Pero hoy, la geopolítica manda. Lo que Trump dice —que EE.UU. puede poner aranceles cuando quiera, salirse de acuerdos, presionar a bancos centrales o hasta “comprar” Groenlandia— ya no suena escandaloso. Suena coherente… con la realidad de un mundo donde todos jalan para su lado.
Y ese mundo nuevo ya no tolera neutrales.
México: de la zona de confort al terreno de juego
Nos guste o no, México ya no puede quedarse en la cómoda diplomacia del “no me meto”. Hoy el reacomodo global —con guerras, rivalidades comerciales, crisis energéticas y tecnológicas— obliga a los países a tomar posición.
No es ideológico. Es estratégico.
Y ahí está el verdadero tema: ¿de qué lado estamos?
Porque seguir actuando como si nada pasa allá afuera, mientras el principal socio comercial amenaza con dinamitar reglas del T-MEC o manipular cadenas de valor, es de alto riesgo.
Y no se trata de alinearnos con un bando por simpatía. Se trata de alinearnos con lo que nos conviene como país: más inversión, mejor empleo, desarrollo regional, estabilidad. Lo que se decida en Davos va a impactar en si ese nearshoring que todos celebran se concreta o se esfuma.
Menos ideología, más visión
Hoy más que nunca, la ideología pasa a segundo plano. No porque no importe, sino porque el bienestar real de la población tiene que estar por encima de la permanencia de los políticos de siempre.
México necesita liderazgo que piense a 10 o 20 años, no a seis. Que entienda que la competencia ya no es sólo por votos, sino por relevancia geopolítica, capital estratégico y confianza internacional.
Y eso no se consigue con discursos. Se consigue con:
• Infraestructura moderna.
• Certidumbre jurídica.
• Energía limpia y disponible.
• Talento técnico y digital.
• Seguridad económica.
Conclusión: hay que escoger. Punto.
El mundo se está redibujando y quien no toma decisiones, se vuelve irrelevante. Davos 2026 no es solo una reunión de poderosos. Es una advertencia: el orden viejo se acaba y el nuevo ya no tiene espacio para países sin posición.
México tiene lo necesario para jugar en las grandes ligas: ubicación, talento, creatividad, resistencia.
Ahora toca definir si queremos ser parte del juego… o sólo parte del paisaje.
















