El día que BYD se vuelva “Made in USA”

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Por Jorge Cruz Camberos

Durante años, en Estados Unidos se nos vendió la idea de que el auto chino era poco menos que una amenaza rodante: barato, subsidiado, vigilante, sospechoso. Y sí, Washington reaccionó como suele reaccionar cuando siente competencia real: con muros. Hoy los autos eléctricos chinos enfrentan aranceles de 100% y, además, restricciones por temas de software, datos y seguridad nacional.

Pero debajo del discurso patriótico hay una verdad más incómoda: el mercado ya cambió.

Un reporte citado por Bloomberg revela que uno de cada tres compradores de auto nuevo en Estados Unidos consideraría comprar un vehículo fabricado en China. En 2021 era apenas 18%. O sea: aunque políticamente les moleste decirlo, al consumidor americano sí le interesa el auto chino. ¿Por qué? Por lo mismo que mueve casi todo en la economía real: mejor tecnología, mejor precio y una oferta que ya dejó de ser caricatura.

Por eso el verdadero debate ya no es si BYD o cualquier otra marca china puede entrar a Estados Unidos. La pregunta más interesante es otra: ¿qué pasa el día que entre, pero no como importación, sino como industria local?

Porque Trump ha insinuado justamente eso: apertura para fabricantes chinos si producen en suelo estadounidense y generan empleos allá. Traducido al español de negocios: no les molesta tanto el capital chino; les molesta que la manufactura, el empleo y el valor agregado se queden fuera de casa.

Y ahí México debería estar poniendo mucha atención.

Porque si el futuro automotriz de Norteamérica se va a jugar entre relocalización, proteccionismo y nueva proveeduría, estados como Chihuahua no pueden seguir pensando sólo en maquilar. La jugada ahora es otra: baterías, electrónica, software, talento técnico y cadenas regionales más sofisticadas.

Lo que viene no es una guerra de banderas. Es una guerra por quién se queda con la industria del futuro.

Y en esa guerra, el auto chino puede terminar entrando a Estados Unidos… con placa americana.

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