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El mayor riesgo para Chihuahua no es equivocarse, es dejar de atreverse

Las ciudades, igual que las personas, pueden pasar de construir futuro a simplemente administrar el presente.

Por Jorge Cruz Camberos

Michael Owen hizo hace unos días una reflexión que va mucho más allá del futbol. Después de la eliminación de Inglaterra en el Mundial, escribió que el peor partido de su selección no fue el que perdió contra Argentina. Fue el que ganó contra México. ¿Por qué?

Porque Inglaterra llegó a la conclusión equivocada. Creyó que resistir, replegarse y defender una ventaja era la fórmula para ser campeón. Cuando en realidad era el camino para quedarse corto. Hay una frase que me llamó particularmente la atención:

“México fue lo peor que le pudo haber pasado a Inglaterra. No fue el modelo para ganar un Mundial, sino el modelo para perderlo”.

Mientras la leía no podía dejar de pensar en Chihuahua. Porque algo parecido puede ocurrirle a una ciudad. Cuando uno tiene treinta años quiere conquistar el mundo. Acepta riesgos. Levanta empresas con más entusiasmo que dinero. Invierte antes de sentirse listo. Se equivoca. Vuelve a empezar. No tiene demasiado que perder y muchísimo por ganar. Pero conforme pasan los años sucede algo muy humano. Empiezas a proteger lo que construiste. Piensas dos veces antes de invertir. Prefieres conservar patrimonio antes que apostar por el siguiente proyecto. No es un defecto. Es naturaleza humana. El problema aparece cuando esa mentalidad deja de ser individual y se convierte en la cultura dominante de toda una ciudad.

Hoy muchos de los liderazgos empresariales de Chihuahua están viviendo un relevo generacional. Y eso es una enorme oportunidad. Pero también un enorme riesgo. Muchos empresarios jóvenes están tomando el control de empresas familiares extraordinarias. Empresas que construyeron padres y abuelos que, en su momento, fueron profundamente audaces. Vale la pena recordar algo. La mayoría de esos fundadores no construyó sus empresas administrando. Las construyó arriesgándose. Comprando maquinaria cuando parecía imposible. Pidiendo créditos. Entrando a nuevos mercados. Abriendo plantas. Contratando gente antes de tener todas las respuestas. Ellos hicieron crecer Chihuahua porque apostaron. La pregunta es inevitable. ¿Seguimos teniendo esa misma hambre? ¿O ahora solamente estamos cuidando lo que ellos construyeron?

Las ciudades también envejecen. Y cuando envejecen empiezan a celebrar más la estabilidad que la ambición. Hablan menos de innovación. Menos de startups. Menos de conquistar nuevos mercados. Más de no equivocarse. Más de no mover demasiado las cosas. Sin darse cuenta, cambian una cultura de crecimiento por una cultura de administración. Y ese cambio rara vez se nota en un año. Se nota diez años después. Cuando otras ciudades ya nos alcanzaron.

No estoy diciendo que haya que actuar con irresponsabilidad. La prudencia también construye empresas. Pero una ciudad que solo administra termina perdiendo liderazgo. Las economías más exitosas del mundo no solo protegen el capital que tienen. Crean el siguiente. Apuestan por nuevos emprendedores. Financian innovación. Permiten que los jóvenes tomen decisiones importantes. Celebran al que intenta, incluso cuando falla. Porque entienden que el verdadero riesgo no siempre está en perder dinero. Muchas veces está en perder el espíritu emprendedor.

Chihuahua ha demostrado durante décadas que sabe producir, exportar y competir. Ahora necesita demostrar que también sabe reinventarse. Que puede combinar la experiencia de quienes construyeron esta gran ciudad con la energía de quienes quieren llevarla al siguiente nivel. Porque las ciudades no dejan de crecer cuando se quedan sin talento. Dejan de crecer cuando dejan de atreverse. Y quizá esa sea la conversación más importante que deberíamos tener hoy.

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