En Estados Unidos ya los cuestionan; en México todavía los mendigamos

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El problema no es que lleguen data centers. El problema es recibirlos como si fueran progreso automático, aunque el costo lo termine pagando la ciudad.

En Estados Unidos ya entendieron algo que en México seguimos sin querer aceptar: no toda inversión tecnológica significa desarrollo.

Por eso allá crece el rechazo contra los data centers. Porque detrás del discurso de modernidad, inteligencia artificial y economía digital, cada vez más comunidades están viendo lo que realmente implican: consumo brutal de energía, presión sobre la red eléctrica, uso intensivo de agua, impacto territorial y muy pocos empleos permanentes en comparación con lo que demandan.

En otras palabras: mucho fierro, mucho servidor, mucha foto… y no necesariamente mucho bienestar.

Aquí, en cambio, seguimos en la etapa más atrasada de la conversación. Nos emocionamos con cualquier anuncio que suene a futuro. Nos basta con escuchar palabras como cloud, hyperscale o inteligencia artificial para empezar a repartir aplausos, incentivos y suelo, como si eso por sí solo fuera estrategia económica.

Y no lo es.

Porque una cosa es atraer infraestructura digital y otra muy distinta es regalar recursos estratégicos para que otros hagan negocio mientras la ciudad absorbe la presión. Ese es el verdadero tema. Los data centers no llegan por filantropía. Llegan porque necesitan energía, agua, tierra y condiciones competitivas para operar. El problema es que en México muchas veces negociamos desde la ansiedad, no desde la inteligencia.

Confundimos inversión con desarrollo.
Confundimos anuncios con visión.
Confundimos modernidad con sumisión.

Y así terminamos celebrando proyectos que tal vez dejan más estrés sobre la infraestructura que beneficios reales para la comunidad.

México no debería estar peleando por atraer data centers a cualquier precio. Debería estar peleando por imponer condiciones: energía suficiente sin afectar a la industria local, uso responsable del agua, inversión privada en infraestructura, integración de proveedores locales, formación de talento y beneficios concretos para la ciudad.

Eso sería visión.

Lo otro es la vieja costumbre de vender barato el territorio y luego sorprendernos de que la derrama prometida nunca se parezca a la del discurso.

Y Chihuahua debería tener eso clarísimo. Si vamos a competir por este tipo de proyectos, tiene que ser con carácter. Preguntando cuánto consumen, cuánto dejan y quién paga la factura real del crecimiento.

Porque si el resultado es poco empleo, alto consumo y beneficios difusos, entonces no estamos frente al futuro. Estamos frente a otro negocio redondo… pero para ellos.

En Estados Unidos ya empezaron a decir: “así no”.
En México seguimos diciendo: “aquí, por favor”.

Y luego nos preguntamos por qué llega la inversión, pero no siempre llega el desarrollo.

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