Gobernar no es hablar bonito. Es saber construir y no destruir

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Por Jorge Cruz Camberos

México necesita una nueva generación de liderazgos públicos. Liderazgos que entiendan la economía real, que sepan construir equipos, ejecutar proyectos y hacerse responsables de resultados. Liderazgos que no le tengan miedo a la inversión, a la productividad, a la competencia ni al crecimiento, pero que al mismo tiempo entiendan que el desarrollo solo tiene sentido si mejora la vida de las personas.

En ese contexto, vale la pena abrir una conversación que durante mucho tiempo se ha tratado con prejuicio: la participación de perfiles empresariales en el servicio público.

Durante años se nos ha querido vender la idea de que un empresario, por definición, no debe gobernar porque inevitablemente pondrá sus intereses por encima del bien común. Es una crítica cómoda, pero incompleta. Primero, porque en México ya vimos que venir de la política tampoco garantiza ética, capacidad ni resultados. Y segundo, porque administrar, ejecutar, arriesgar capital, generar empleos y construir confianza también forma carácter, criterio y visión.

Por supuesto que no cualquier empresario debe llegar al poder. Igual que no cualquier político debería gobernar. Aquí no se trata de idealizar a nadie. Hay empresarios rentistas, capturados por privilegios, igual que hay políticos profesionales que nunca han resuelto nada fuera del discurso. El punto no es el origen. El punto es el perfil.

México necesita personas que entiendan cómo se mueve una ciudad, cómo crece una región y qué condiciones hacen falta para detonar inversión, atraer talento y generar oportunidades. Personas que sepan sentarse con empresarios, sí, pero también con universidades, sociedad civil, gobierno y comunidad. Que entiendan que el crecimiento económico no está peleado con la dignidad social. Al contrario: una ciudad sin prosperidad difícilmente puede aspirar a tener cohesión, seguridad o futuro.

Quien ha estado cerca de la operación, de la toma de decisiones, del costo de pagar nómina, de abrir mercado, de resolver problemas y de empujar proyectos colectivos, entiende algo fundamental: el desarrollo no se improvisa. Se construye. Y se construye con visión, disciplina, credibilidad y capacidad de ejecución.

Por eso el debate no debería ser si los empresarios deben o no entrar al gobierno. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a elevar el nivel de quienes toman decisiones públicas. Si queremos seguir premiando al que habla bonito, al que sobrevive en la grilla o al que domina la narrativa, o si por fin vamos a abrirle espacio a perfiles que sepan dar resultados.

Porque México no necesita cambiar de discurso. Necesita cambiar de nivel.

Y seamos francos: a estas alturas, el verdadero riesgo no es que lleguen más ciudadanos productivos al poder. El verdadero riesgo es seguir dejando lo público en manos de quienes nunca han construido nada, pero llevan años destruyendo oportunidades y administrando el fracaso como si eso fuera experiencia.

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