Por Jorge Cruz Camberos
Hay una herramienta que suele aparecer cuando uno recibe coaching profesional.
Es sencilla, pero incómodamente reveladora: la rueda de la vida.
Ocho ejes. Ocho dimensiones. Una evaluación honesta de cómo estás en cada una: salud, finanzas, relaciones, propósito, crecimiento personal… Y de pronto, lo evidente: no estamos tan balanceados como creíamos.
Lo interesante no es el diagnóstico.
Lo verdaderamente potente es lo que viene después: decidir en qué enfocarte para recuperar el equilibrio.
Ahora, llevemos esa lógica a otro nivel.
¿Qué pasaría si usamos esa misma herramienta —esos mismos ocho ejes— para evaluar no a una persona, sino a una ciudad?
La hipótesis es simple: una ciudad también tiene vida. Y como cualquier sistema vivo, puede estar profundamente desbalanceada.
En Chihuahua, convivimos con avances importantes en crecimiento económico, pero también con brechas profundas en cohesión social y acceso a oportunidades. Hay más de 169 mil personas en condiciones de exclusión en la ciudad. Eso no es sólo un dato: es un síntoma.
Si una persona estuviera así, un coach no le recomendaría “seguir igual”. Le propondría intervenir su vida de forma integral.
Entonces, ¿por qué seguimos gobernando la ciudad por partes?
La oportunidad es distinta: usar el Pacto por el Desarrollo y la Prosperidad como esa “rueda de vida” colectiva. Un marco para entender, medir y equilibrar la ciudad.
¿Pero qué mide realmente cada eje?
- Salud física y mental
No sólo hospitales. Mide acceso real a servicios, prevención, bienestar emocional y calidad de vida cotidiana. Una ciudad sana no sólo cura, evita que su gente se enferme. - Comunidad y tejido social
Evalúa confianza entre vecinos, participación ciudadana y cohesión social. Aquí se define si vivimos juntos… o simplemente vivimos cerca. - Economía y propósito
No es sólo crecimiento del PIB. Mide calidad del empleo, movilidad social y oportunidades reales. Es la diferencia entre trabajar para sobrevivir o para progresar. - Seguridad y justicia
Va más allá de la incidencia delictiva. Mide percepción, estado de derecho y capacidad institucional. Sin este eje, todos los demás se debilitan. - Educación y desarrollo de talento
Mide acceso, calidad educativa y vinculación con oportunidades. Una ciudad competitiva forma a su gente para el futuro, no para el pasado. - Entorno y sostenibilidad
Evalúa calidad del aire, acceso a espacios públicos, movilidad y resiliencia ambiental. Es, literalmente, el espacio donde ocurre la vida. - Cultura e identidad
Mide sentido de pertenencia, orgullo y narrativa colectiva. Sin identidad, no hay comunidad; sin comunidad, no hay ciudad. - Gobernanza y confianza
El eje que articula todos los demás. Mide capacidad de colaboración, transparencia y continuidad. Aquí se define si hay rumbo… o sólo administración.
El punto es claro: ningún eje funciona aislado.
No hay seguridad sin comunidad.
No hay economía sin educación.
No hay bienestar sin entorno.
No hay resultados sin gobernanza.
Y, sin embargo, seguimos diseñando políticas públicas como si cada problema viviera en su propio cajón.
Hoy Chihuahua tiene algo valioso: continuidad en el Pacto por el Desarrollo y la Prosperidad, firmado ya en múltiples ocasiones. Eso abre una posibilidad única: dejar de reaccionar por sectores y empezar a gestionar por sistema.
Pasar de ocurrencias a misiones.
De programas sueltos a portafolios estratégicos.
De ciclos políticos a evolución continua.
Porque al final, la pregunta es la misma que en cualquier proceso personal:
¿queremos seguir reaccionando… o empezar a vivir con intención?
Tal vez ya es momento de dejar de preguntarnos cómo está la ciudad…
y empezar a preguntarnos qué tan balanceada está.
Y sobre todo, si estamos dispuestos a equilibrarla.
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