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México necesita claridad, firmeza y visión internacional

Por Ricardo Huerta

Tras los recientes acontecimientos en los que Estados Unidos decidió intervenir de manera directa en Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro y su entorno más cercano, el mundo entero está ante un momento crítico. Pero para México, lo que ocurrió al sur del continente debe verse con un lente más cercano, más serio y sobre todo, más urgente.

Nuestra posición geográfica —frontera directa con Estados Unidos— no sólo nos convierte en un punto estratégico para el comercio o el intercambio cultural, también nos coloca, inevitablemente, en la línea de fuego de cualquier redefinición de la política exterior estadounidense en América Latina. Si hoy Washington decidió intervenir militarmente en Venezuela en nombre de la democracia, la estabilidad o la lucha contra el crimen, ¿qué nos asegura que no se impulse una retórica similar para justificar una intervención más cerca de casa, si se percibe que México pierde el control?

No se trata de alarmismo, sino de leer correctamente las señales. El presidente Donald Trump no ha dudado en lanzar advertencias no sólo hacia Venezuela, sino también hacia Cuba, Colombia y sí, hacia México, a quien señala recurrentemente como un foco de descontrol en materia de drogas, migración y crimen. La historia ya nos ha enseñado cómo el intervencionismo norteamericano se alimenta de debilidades internas mal gestionadas.

Y aquí es donde debemos hacer un alto como mexicanos y reflexionar si nuestras autoridades están verdaderamente fortaleciendo el Estado de derecho, combatiendo al crimen, y defendiendo los principios democráticos; o si, por el contrario, están alimentando una narrativa de caos, represión y populismo que, en el lenguaje diplomático, abre la puerta a la “justificación” de injerencias externas.

El Partido Acción Nacional, desde su fundación con Manuel Gómez Morin, ha sido claro en su visión internacionalista. La doctrina panista señala que el orden internacional debe ser justo, eficaz y estar por encima de los nacionalismos herméticos y las actitudes de indiferencia o complicidad. México no puede abanderar la soberanía cuando se trata de proteger tiranías en el extranjero, ni puede esconderse en la no intervención cuando se violan los derechos humanos en casa.

El gobierno actual comete un grave error cuando protege a perseguidos de la justicia internacional, cuando guarda silencio ante la represión en Cuba o Venezuela, y cuando exige respeto desde el exterior mientras se desmantelan contrapesos democráticos en el interior. La soberanía no se puede invocar para encubrir injusticias. Como lo dijo Gómez Morin: ningún gobierno debe invocar la autodeterminación para justificar la violación de los derechos de su propio pueblo.

Lo que está ocurriendo en Venezuela no es tan lejano como muchos creen. Lo que hoy se ejecuta allá, mañana podría ser la receta para intervenir aquí, si las condiciones se deterioran lo suficiente. México no puede permitirse ni la simulación democrática, ni el debilitamiento institucional, ni mucho menos el coqueteo con modelos populistas que han fracasado en todos los países donde se han instaurado.

La estabilidad hemisférica no es un juego. Si queremos que México se mantenga soberano, libre y respetado por el mundo, la mejor defensa es hacer bien las cosas desde adentro. Y eso empieza con fortalecer nuestras instituciones, defender la libertad de mercado, rechazar el populismo autoritario y reafirmar nuestra vocación democrática sin titubeos.

Hoy más que nunca, México necesita claridad, firmeza y visión internacional. Ignorar las señales de Washington sería un error histórico. Pero ignorar las nuestras sería un acto imperdonable de negligencia.