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Monroe regresa, la frontera arde y México juega su futuro

Por Martín Zermeño

LA DOCTRINA MONROE, VERSIÓN TRUMP

La Doctrina Monroe, formulada en 1823 por el presidente James Monroe, sentó las bases de la política exterior estadounidense al declarar que las potencias europeas no debían interferir en los asuntos de las naciones del hemisferio occidental. Durante casi dos siglos, ese principio ha oscilado entre una política de defensa continental y un instrumento de afirmación del poder estratégico estadounidense en América Latina. Originalmente, su objetivo fue evitar nuevas colonizaciones europeas en las Américas; sin embargo, a lo largo del tiempo se transformó en un pretexto para justificar intervenciones directas en la región, como ocurrió en Cuba, Panamá o Haití a principios del siglo XX.

En la versión recientemente publicada de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de noviembre de 2025, la administración del presidente Donald Trump reafirma explícitamente este marco doctrinal y lo adapta a las prioridades de seguridad contemporánea. El documento declara que Washington “reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región”. Este texto oficial no solo revive el principio original de exclusión de potencias extra-hemisféricas, sino que introduce un “Corolario Trump” que redefine amenazas y medios bajo la lógica de «América Primero».

El Corolario Trump en la NSS 2025 trasciende la historicidad de Monroe: al ubicar como prioridad estratégica la contención de influencias externas —en particular de China y Rusia—, el documento plantea que Estados Unidos “negará a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales” en el hemisferio. Así, la política de seguridad nacional articula la hegemonía regional, el acceso a recursos naturales y la estabilidad migratoria como componentes indivisibles de su agenda estratégica.

Esta reinterpretación conceptual de la Doctrina Monroe ha sido la base declarada para la operación militar ejecutada el pasado 3 de enero de este 2026, en la que fuerzas estadounidenses realizaron un desembarco y capturaron al presidente venezolano Nicolás Maduro para su traslado a Estados Unidos. En anuncios oficiales posteriores, la Casa Blanca y el propio presidente Trump describieron esa acción como parte de lo que ellos denominan ya no simplemente “Monroe Doctrine”, sino una versión renovada, incluso etiquetada por algunos voceros como “Donroe Doctrine”, diseñada para enfrentar estados que, en su evaluación, constituyen amenazas híbridas combinando relaciones con potencias rivales, narcotráfico y desestabilización regional.

La editorialización de este giro estratégico en la NSS 2025 —y su aplicación práctica— plantea un debate más amplio sobre soberanía, legalidad internacional y la percepción de Estados Unidos como actor hemisférico. Críticos señalan que la reinterpretación expansiva de Monroe corre el riesgo de justificar intervenciones unilaterales bajo la bandera de seguridad nacional, erosionando normas del derecho internacional y exacerbando tensiones con gobiernos regionales y con potencias globales. El uso de la fuerza para capturar a un jefe de Estado extranjero, aunque argumentado como una acción contra el crimen organizado y la influencia extranjera, se inserta en este debate sobre hasta qué punto una doctrina de 1823 puede reconfigurarse para legitimar decisiones estratégicas del siglo XXI.

Finalmente, el documento estratégico subraya que la seguridad de Estados Unidos está intrínsecamente ligada a la estabilidad y gobernanza de sus vecinos occidentales. Al concebir la migración, el narcotráfico y la competencia geopolítica como elementos de una misma matriz de riesgos, la NSS 2025 reinventa la doctrina histórica para adaptarla a desafíos contemporáneos. Este enfoque, al imprimir un carácter militar y estratégico a lo que durante décadas fue un principio de defensa continental, redefine el campo de juego diplomático en América Latina y plantea una reinterpretación de la soberanía regional cuya resonancia política será objeto de análisis y controversia durante años.

“Cuando veas la barba de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar…”

LA VISA DEL FISCAL

Las investigaciones de Estados Unidos sobre la penetración del crimen organizado en la política mexicana han dejado de ser un tema abstracto o circunscrito al pasado reciente de la llamada “guerra contra el narco”. En Chihuahua, uno de los estados clave de la frontera, los expedientes abiertos en agencias federales estadounidenses describen un entramado profundo entre organizaciones criminales y estructuras de poder local.

De acuerdo con fuentes y documentos de la propia administración estadounidense, el Departamento de Estado ya canceló la visa de un funcionario de primer nivel y se prepara para retirar la de otro de mayor jerarquía, en una señal inequívoca de que Washington considera a la entidad como un foco prioritario de la narcopolítica contemporánea.

El origen de estas investigaciones se remonta al auge de la extorsión contra migrantes que cruzaban por Chihuahua, un negocio criminal que, según estimaciones de agencias estadounidenses, llegó a generar ingresos mensuales hasta por 100 millones de dólares, superiores a los del tráfico de cocaína. 

El endurecimiento posterior de la política migratoria redujo ese flujo, pero no la violencia: los grupos criminales reorientaron sus operaciones hacia ciudadanos mexicanos, recurriendo a secuestros exprés, tortura y la difusión de videos para forzar pagos inmediatos. Para los investigadores estadounidenses, este viraje confirmó no solo la capacidad de adaptación de los cárteles, sino la existencia de redes de protección institucional que les permitieron operar con impunidad.

Las pesquisas se intensificaron cuando el nuevo gobierno de Donald Trump redefinió la estrategia contra los cárteles, otorgándoles un tratamiento equiparable al de organizaciones terroristas. Bajo esta lógica, el Departamento de Seguridad Nacional y el FBI asumieron un papel central en la frontera, con operaciones coordinadas desde Fort Bliss, en El Paso, un enclave histórico de inteligencia antidrogas. A diferencia del enfoque tradicional de la DEA, estas acciones se insertan en un marco de seguridad nacional más amplio, que elimina restricciones políticas y prioriza la identificación de vínculos entre criminales y autoridades locales.

Las investigaciones sobre Chihuahua, avanzan con dos testigos protegidos del FBI que han aportado testimonios clave, describen cómo una abogada ligada al narcotráfico, es cercana a altos mandos de la fiscalía estatal, los relatos también detallan el control territorial de La Línea —escisión del Cártel de Juárez y aliada del Cártel Jalisco Nueva Generación— y el papel del Cereso de Ciudad Juárez como centro operativo de secuestros y extorsiones, incluso después de la muerte de Ernesto Alfredo Piñón de la Cruz, -el Neto- líder de la pandilla de “los Mexicles”.

Para Washington, el elemento más inquietante no es solo la dimensión criminal, sino la ausencia de correcciones políticas visibles. La falta de ajustes en las áreas de seguridad y procuración de justicia ha alimentado sospechas de tolerancia institucional. 

En un contexto en el que Estados Unidos ha decidido, explícitamente, eliminar límites para confrontar a los cárteles, Chihuahua corre el riesgo de convertirse no solo en un caso judicial, sino en un punto de fricción diplomática con consecuencias políticas aún imprevisibles.

EL T-MEC Y EL MUNDIAL DE FÚTBOL

México se encuentra en una coyuntura estratégica singular al converger dos palancas de desarrollo de alto impacto: la profundización de las negociaciones y mecanismos de implementación del T-MEC y la organización conjunta del Mundial de Fútbol 2026. En el ámbito comercial, el tratado ha consolidado a México como un eslabón crítico de las cadenas de valor de América del Norte, fortaleciendo el fenómeno de nearshoring, la certidumbre jurídica para la inversión y el acceso preferencial al mayor mercado del mundo. Las negociaciones técnicas y los procesos de revisión del T-MEC, lejos de ser un riesgo, representan una oportunidad para afinar reglas de origen, resolver controversias y elevar estándares laborales y ambientales, lo que incrementa la competitividad sistémica del país y reduce la volatilidad frente a choques externos.

De manera complementaria, el Mundial de Fútbol actúa como un acelerador económico y reputacional. La inversión en infraestructura urbana, aeroportuaria, hotelera y de telecomunicaciones genera efectos multiplicadores inmediatos en empleo, consumo y servicios, mientras que la exposición mediática global fortalece la marca país, impulsa el turismo de alto valor y posiciona a México como anfitrión confiable de eventos de clase mundial. Esta visibilidad, bien gestionada, se traduce en mayor atracción de capitales, alianzas empresariales y flujos turísticos sostenidos más allá del evento, con beneficios directos para ciudades sede y cadenas productivas regionales.

La sinergia entre T-MEC y Mundial es, en términos estratégicos, el principal activo: un entorno de reglas claras para el comercio y la inversión, combinado con un escaparate global que amplifica las ventajas competitivas de México. Si el Estado y el sector privado alinean políticas industriales, logística, capacitación laboral y promoción internacional, el país puede convertir esta coincidencia en un salto estructural hacia mayor productividad, diversificación exportadora y crecimiento inclusivo. No se trata solo de aprovechar una coyuntura, sino de traducirla en legado económico, institucional y social de largo plazo. Entre junio y julio próximos México espera recibir 5 millones de turistas que disfrutaran del tercer mundial de futbol (México 70, México 86 y México 2026) realizado en nuestro país. Mientras que la revisión del T-MEC sin duda se resolverá durante el segundo semestre de este año, según prospectiva del gobierno norteamericano.

A ver si vemos coordinación estratégica.

Que 2026 nos encuentre unidos, innovando y creciendo. Que cada desafío se convierta en oportunidad, cada inversión en bienestar, y cada empresa en motor de progreso compartido con visión sostenible. ¡Feliz Año!