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La nueva escuela de relaciones exteriores: 100% lealtad, 0% carrera

Por Ricardo Huerta

Cada disciplina posee un rigor y una naturaleza propios que no son intercambiables: un médico no invade el terreno del matemático, ni un economista el del científico. Sin embargo, en la visión del gobierno actual de MORENA, la formación académica y la especialización técnica parecen haber pasado a un segundo plano, convirtiéndose en requisitos opcionales frente a la conveniencia política.

El caso es que en los últimos años, especialmente en esta administración del gobierno federal se han realizado designaciones a las más altas representantes de México en el extranjero, me refiero a embajadores como moneda de cambio para salvar o para “enviar a la congeladora” a ciertos políticos incómodos para el régimen. Vaya usted a saber por qué para Morena es mejor hacerlo así; la razón no es el centro del problema, sino la ridícula importancia que le ponen a las aún prestigiosas escuelas que tiene México para la formación de futuros internacionalistas, hombres y mujeres especializados en la diplomacia, en los asuntos globales y en la técnica. Ellos han recibido una serie integral de cursos como Historia, Economía, Derecho Internacional, Estadística, Sociología; incluso han dedicado horas y horas en especializarse por regiones del mundo, cosa nada sencilla; pero como hemos dicho, todo esto no merece ser tomado en cuenta para el régimen de Morena.

Ejemplos de esta práctica sobran, y no discriminan colores partidistas, aunque en el presente sexenio la tendencia se ha agudizado bajo el disfraz de “pluralidad”. Tenemos el caso de Quirino Ordaz Coppel, exgobernador de Sinaloa (PRI), cuya designación como embajador en España fue vista como un pago por “entregar” el estado en las elecciones de 2021. Lo mismo ocurrió con Claudia Pavlovich (Sonora) en el consulado de Barcelona y Carlos Aysa (Campeche) en la República Dominicana.

Sin embargo, el uso de las embajadas como “salvavidas” o refugios contra la justicia es quizás la faceta más cínica de este fenómeno. Basta recordar la polémica designación de Isabel Arvide en el consulado de Estambul —sin experiencia diplomática previa— o el intento de enviar a Pedro Salmerón a Panamá, frenado únicamente por el rechazo del país receptor ante las denuncias de acoso en su contra.

El último de los casos fallidos por parte del gobierno federal fue el intento de “acomodar” o “alejar” como agregado cultural o alguna posición diplomática en el extranjero a Max Arriaga, una figura que ha sido sumamente polémica por el contenido de los libros de texto gratuitos y ahora ex Director de Materiales Educativos de la SEP.

Enviar a un político con cuentas pendientes o sin preparación a representar a la nación no es solo una irresponsabilidad; es una afrenta a la soberanía y un mensaje devastador para quienes dedican su vida al estudio de las relaciones internacionales. Mientras el gobierno siga viendo el mapa mundial como un tablero de favores políticos, México seguirá perdiendo peso en la escena global. La diplomacia no debe ser el basurero de la política interna, sino la cara más brillante y preparada de nuestro país ante el mundo.