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Trump presiona, pero la realidad económica no negocia

Por Jorge Cruz Camberos

Donald Trump podrá imponer el tono. Lo que no puede imponer es la realidad.

Y la realidad hoy le está diciendo a Estados Unidos algo incómodo: no es momento para jugar a la ruptura, ni para dinamitar la relación con México y Canadá, ni para convertir al T-MEC en rehén de la propaganda electoral. Cuando el empleo empieza a tambalearse, la inflación amenaza con regresar por la vía del petróleo y el conflicto con Irán sacude los mercados, la estridencia deja de ser estrategia y se convierte en riesgo.

Washington puede gritar. La economía, no. La economía cobra.

Por eso la revisión del T-MEC ya no debe leerse como una simple negociación comercial. Es, en los hechos, una discusión sobre estabilidad, competitividad y poder regional. Estados Unidos necesita cerrar filas con Norteamérica aunque Trump insista en vender fuerza a través de la confrontación.

Ahí está su contradicción central.

En el terreno político, Trump vive de la tensión. Le funciona agitar el discurso de los aranceles, las fronteras, la amenaza externa y el castigo a los socios. Le sirve usar a México como símbolo de todo lo que quiere corregir frente a su electorado. Pero gobernar una potencia no es administrar eslóganes. Es administrar intereses. Y el interés de Estados Unidos, en este momento, no apunta a fracturar su bloque regional, sino a blindarlo.

Porque mientras el discurso se incendia, los datos enfrían. Un mercado laboral menos sólido, energía más cara y cadenas globales bajo presión obligan a actuar con pragmatismo. En ese contexto, México y Canadá no son un problema accesorio: son parte de la solución.

Eso no significa que venga una etapa tersa. Nadie debería confundirse. Lo que viene no es una negociación amistosa, sino una revisión dura, cargada de exigencias, con más presión sobre reglas de origen, más vigilancia sobre triangulación comercial y más obsesión por asegurar que los beneficios de la integración se queden en la región. No un nuevo tratado en espíritu cooperativo, sino un T-MEC más rígido, más político y más estratégico.

México debe entender el momento sin ingenuidad. Estados Unidos va a negociar desde la presión, pero también desde la necesidad. Y ahí hay una ventana que no se puede desperdiciar. Si se juega con inteligencia, nuestro país puede consolidarse como pieza central de la manufactura regional, de la relocalización de inversiones y de la seguridad económica de Norteamérica.

Pero esa posición no se gana con entusiasmo vacío ni con discursos de ocasión. Se gana con Estado, con estrategia y con claridad de intereses.

La lección de fondo es contundente: Trump puede patear la mesa para subir el volumen político, pero no puede escapar del dato esencial. En un mundo más caro, más incierto y más conflictivo, Estados Unidos necesita más a Norteamérica de lo que su retórica está dispuesta a reconocer.

Puede presionar todo lo que quiera.

La realidad económica, al final, siempre termina negociando por encima de los políticos.

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