Por Jorge Cruz Camberos
En México cambió el juego de la infraestructura. Y en Chihuahua todavía hay quienes siguen pensando como si todo se resolviera yendo a tocar puertas a la Ciudad de México para ver qué recurso baja.
Ese modelo se está quedando viejo.
Durante años, el esquema era relativamente claro: concesiones, APP, PPS. El privado invertía, construía, operaba y recuperaba; el gobierno contrataba, pagaba o concesionaba. Hoy la lógica que empuja la federación es otra: inversión mixta con mayor rectoría pública, donde el Estado no sólo contrata, sino que también busca sentarse en la mesa del capital, del control y de la operación estratégica.
Dicho en simple: antes el mensaje era “hazme la obra”. Ahora es “sí entra tu dinero, sí entra tu capacidad, pero el Estado no suelta el volante”.
Y eso obliga a Chihuahua a cambiar de mentalidad.
La carretera a Santa Teresa no debe venderse únicamente como una carretera. Debe presentarse como una jugada de competitividad fronteriza, logística e integración económica. Lo mismo pasa con la ruta Camargo-Aldama: no es únicamente conectividad regional, es infraestructura para mover mejor mercancías, personas y oportunidades.
En agua, ya no basta con administrar la crisis cada verano. Las juntas municipales tienen que empezar a pensar en tratamiento, eficiencia, sectorización, reúso y modernización de redes como proyectos financiables, no sólo como problemas operativos.
En residuos, seguimos atrapados en una visión muy corta. El futuro no está sólo en recolectar basura, sino en separar, valorizar, aprovechar biogás y construir rellenos sanitarios modernos con visión regional.
En hospitales, el reto también es claro: si queremos más capacidad, más mantenimiento y mejor infraestructura, no todo puede seguir dependiendo del presupuesto tradicional. Y en infraestructura logística, Chihuahua tiene una oportunidad brutal, pero sólo si deja de improvisar y empieza a estructurar nodos, corredores, accesos y plataformas con visión de largo plazo.
Ese es el fondo del asunto: hoy ya no gana el estado que más se queja. Gana el que llega con mejores proyectos.
Por eso, la conversación en Chihuahua ya no debería ser quién gestiona más presupuesto, sino quién sabe estructurar una cartera seria de proyectos para carreteras, puentes, agua, residuos, hospitales e infraestructura logística.
Porque la política que viene también se va a medir en eso.
La ciudad ya no necesita liderazgos que sólo inauguren obra. Necesita liderazgos que sepan armar futuro.
Y en la próxima etapa, a Chihuahua no lo van a juzgar por lo que promete. Lo van a juzgar por su capacidad de que aquí sí lleguen la inversión, la infraestructura y las decisiones que mueven el desarrollo.
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