Por Jorge Cruz Camberos
Hay datos que deberían llenarnos de orgullo. Y hay otros que deberían quitarnos el sueño. Chihuahua volvió a ser, por décimo trimestre consecutivo, el estado que más exporta de todo México. Casi uno de cada cuatro dólares que el país vende al mundo sale de aquí. Somos líderes en manufactura avanzada, en exportaciones y en talento industrial. Pero al mismo tiempo, nuestra industria perdió miles de empleos durante el último año y la actividad manufacturera comenzó a desacelerarse.
¿Cómo puede pasar eso?, ¿cómo puede el estado que más riqueza genera para México empezar a perder dinamismo? La respuesta no está solamente en los aranceles, en la incertidumbre mundial o en el tipo de cambio. También está en algo mucho más silencioso: el dinero para crecer.
Hace unos días leía que los grandes bancos de Estados Unidos volvieron a romper récords de utilidades. No es muy distinto de lo que sucede en México. Aquí la banca también vive uno de sus mejores momentos financieros. Tan sólo entre enero y abril obtuvo más de 104 mil millones de pesos en utilidades. Y qué bueno. Necesitamos bancos sólidos. Una banca rentable genera estabilidad, confianza y un sistema financiero sano. Ese no es el problema. La pregunta es otra. Si la banca vive uno de sus mejores momentos, ¿por qué tantas empresas sienten que conseguir crédito sigue siendo una carrera cuesta arriba?
Ahí es donde aparece la verdadera conversación. Cuando platico con empresarios de Chihuahua, casi nunca escucho quejarse por falta de clientes. Tampoco porque no tengan capacidad para producir. Lo que escucho una y otra vez es algo mucho más simple: “Tenemos pedidos… lo que nos falta es capital para atenderlos.”
Y esa diferencia cambia todo. Porque una empresa no crece únicamente por vender más. Crece cuando puede comprar maquinaria antes que la competencia. Cuando puede contratar personal antes de recibir el pago del siguiente contrato. Cuando puede invertir en tecnología. Cuando puede aguantar sesenta o noventa días para cobrar sin poner en riesgo su operación. Eso se llama financiamiento.
Y ahí es donde México sigue teniendo una enorme tarea pendiente. Mientras otros países han logrado que el crédito sea un acelerador del crecimiento, aquí sigue siendo un privilegio para pocos. La mayor parte del financiamiento continúa concentrándose en las grandes empresas, mientras miles de pequeñas y medianas compañías —las que generan la mayoría del empleo— siguen encontrando enormes barreras para acceder a recursos competitivos.
No es un asunto de culpar a los bancos. Ellos administran riesgos, responden a sus accionistas y operan bajo reglas prudenciales que existen por una razón. Después de las crisis financieras que ha vivido el mundo, nadie quiere una banca irresponsable. Pero entre una banca conservadora y una economía dinámica debería existir un punto de equilibrio.
Porque cuando una pyme consigue financiamiento, no solamente crece un negocio. Se abre un turno adicional. Se compra una máquina nueva. Se contrata un ingeniero. Se desarrolla un proveedor local. Se queda una familia en Chihuahua en lugar de buscar oportunidades en otro lugar. Eso también genera estabilidad. Y quizá mucha más. Por eso creo que la conversación no debería ser cuánto dinero ganan los bancos.
La conversación debería ser cómo logramos que una mayor parte de ese capital impulse la economía productiva. Porque Chihuahua ya hizo la parte más difícil. Construimos una de las plataformas manufactureras más competitivas del continente. Aprendimos a competir con Alemania, con Corea y con Estados Unidos. Demostramos que sabemos producir con calidad mundial.
Ahora necesitamos dar el siguiente paso. Que el sistema financiero compita por impulsar a quienes todos los días generan empleo. Más competencia bancaria. Más innovación financiera. Más factoraje. Más fondos especializados para proveedores. Más capital para las empresas que ya demostraron que saben trabajar. Porque exportar mucho es motivo de orgullo. Pero convertir esa riqueza en más empresas, mejores salarios y mayor prosperidad compartida… ese debería ser el verdadero objetivo.
Chihuahua ya demostró que sabe fabricar para el mundo. Ahora necesitamos construir un sistema que también crea en quienes fabrican ese futuro todos los días.




