Durante años, el KPI rey de las redes fue simple: más tiempo, más atención, más dinero. El problema es que esa economía de la atención no es neutra, y cuando el usuario es menor de edad, el costo puede ser alto. Por eso el juicio en Los Ángeles donde Mark Zuckerberg tuvo que responder ante un jurado por acusaciones de diseño “adictivo” para niños y adolescentes no es sólo un pleito legal: es un síntoma de época. La conversación global ya no va de “si las redes hacen daño”, sino de quién se hace responsable.
En este nuevo contexto, el número que está ganando terreno es 16.
Australia ya dio el paso: desde el 10 de diciembre de 2025 entró en vigor su restricción de edad para redes sociales, poniendo la carga del cumplimiento en las plataformas, no en las familias. La señal es potente: si un producto puede afectar salud mental y desarrollo, no basta con “términos y condiciones”. Hay que diseñar y operar con freno de mano cuando se trata de menores.
España también empuja hacia un modelo similar, con propuestas para subir la edad mínima y reforzar verificación, buscando una protección más clara frente a algoritmos que premian el enganche por encima del bienestar.
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¿México debería migrar a ese enfoque? Mi postura: sí, pero bien. Subir la edad en el papel, sin resolver implementación, sólo empuja a adolescentes a plataformas más oscuras, cuentas falsas y verificación invasiva. El “16 responsable” tendría que venir en paquete:
1. Reglas por etapas: menores fuera de entornos de alto riesgo (recomendaciones agresivas, DMs con desconocidos); 16–17 con límites por defecto (menos notificaciones, descanso nocturno, controles claros).
2. Verificación con privacidad: confirmar edad sin convertir identidad en mercancía.
3. Responsabilidad real para plataformas: auditorías, reportes de riesgo y sanciones si el crecimiento se logra a costa de menores.
4. Educación digital comunitaria: escuela, familia, clubes, medios. La regulación no sustituye cultura.
Crecer no es el problema. Crecer sin responsabilidad sí. Y hoy, el mundo está empezando a decirlo en voz alta: la innovación que vale la pena es la que escala sin romper a quienes apenas están formando su vida.



















