El reacomodo energético en América Latina avanza sin estridencias, pero con efectos profundos. Tras la salida de Nicolás Maduro y el endurecimiento de la estrategia estadounidense —una “cuarentena petrolera” basada en sanciones y bloqueos selectivos— Venezuela queda, de facto, fuera del mercado energético formal. El impacto inmediato no es un shock global de precios, pero sí un vacío regional con consecuencias directas para Cuba y preguntas incómodas para México.
Estados Unidos, a través de su Departamento del Tesoro y la Office of Foreign Assets Control, mantiene bajo vigilancia a más de 50 buques vinculados con exportaciones venezolanas. La medida busca presión política sin alterar el equilibrio del mercado global, donde el crudo venezolano ya circulaba mayoritariamente por vías informales hacia Asia. El golpe, sin embargo, es severo para la economía venezolana y para sus aliados tradicionales.
Uno de ellos es Cuba. Durante años, la isla dependió del suministro preferencial de petróleo venezolano para sostener su generación eléctrica y su transporte. Ese flujo hoy es incierto. El resultado es tangible: apagones recurrentes, menor actividad industrial y una presión creciente sobre un sistema energético frágil y altamente dependiente de importaciones.
En este nuevo contexto, México aparece en el radar regional. Petróleos Mexicanos ha enviado combustible a Cuba en ocasiones recientes, pero la diferencia ahora es de escala y permanencia. Sin Venezuela, cualquier apoyo externo deja de ser coyuntural. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el reto es técnico y diplomático: ayudar sin sustituir, cooperar sin comprometer la estabilidad financiera de Pemex ni tensar innecesariamente la relación con Estados Unidos.
Desde la perspectiva del mercado, un eventual regreso de Venezuela al circuito formal —impulsado por inversión extranjera de empresas como Chevron, hoy la única estadounidense con licencia para operar— sería lento y condicionado a cambios institucionales profundos. Aun así, esa posibilidad introduce mayor competencia en crudos pesados, presionando márgenes y obligando a productores regionales, incluido México, a priorizar eficiencia y certidumbre regulatoria.
El tablero caribeño se redefine. Cuba busca energía; México define su papel; Estados Unidos observa sin intervenir directamente. No hay decisiones aisladas: cada barril enviado, cada sanción aplicada y cada acuerdo firmado reconfigura equilibrios que llevaban años congelados. En energía, como en economía, el cambio rara vez es abrupto. Pero cuando llega, deja huella.

















