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De las raíces al ruedo: la historia de Santa Rita

Hay lugares que visitamos y hay lugares que heredamos.

Para Chihuahua, la Feria de Santa Rita pertenece a esa segunda categoría. Está en la memoria de quienes alguna vez caminaron entre juegos mecánicos, puestos de comida y luces; en las fotografías familiares que regresan cada mayo; en la emoción de los niños que la conocen por primera vez y en esa sensación, casi inevitable, de que llegó una de las temporadas más esperadas del año.

Pero antes de convertirse en una de las grandes celebraciones de Chihuahua, Santa Rita fue otra cosa.

Fue fe. Fue encuentro. Fue comunidad.

Y quizá ahí está el secreto de su permanencia: la feria ha cambiado muchas veces, pero nunca ha dejado de hablarle a la ciudad.

Una tradición que empezó mucho antes de los reflectores

La historia de Santa Rita se remonta a la celebración en honor a Santa Rita de Casia. De acuerdo con registros del Gobierno del Estado, la tradición tiene más de 250 años y está vinculada con la antigua celebración alrededor del templo dedicado a la santa.

Aquellas primeras fiestas estaban lejos de parecerse al enorme espectáculo que conocemos hoy. Eran celebraciones comunitarias en las que la religión convivía con la música, la comida, los encuentros y el comercio.

Como sucedió con tantas fiestas tradicionales de Chihuahua, la celebración fue creciendo junto con la propia sociedad. A la devoción se fueron sumando nuevas formas de reunirse y disfrutar: puestos, productos, música, juegos y actividades que hicieron que aquella fecha dejara de ser únicamente un momento religioso para convertirse también en un acontecimiento social.

La transformación fue lenta, pero constante.

Y es justamente esa capacidad de transformarse la que explica por qué, después de generaciones, Santa Rita sigue teniendo un lugar tan especial.

De la celebración al gran encuentro

Durante el siglo XX, la feria comenzó a adquirir una estructura cada vez más cercana a la que hoy reconocemos. La tradición popular se mezcló con exposiciones, espectáculos y actividades comerciales hasta convertirse en un punto de encuentro para distintos sectores de la sociedad.

La evolución dio un paso importante en 2013, cuando se decidió unir dos celebraciones que hasta entonces se realizaban por separado: la Feria de Santa Rita, en mayo, y Expogan, tradicional exposición ganadera que se realizaba en octubre. Así nació la Feria Internacional Santa Rita/Expogan, trasladando ambas expresiones a un mismo espacio y fortaleciendo su dimensión cultural, comercial y de entretenimiento.

De pronto, aquella celebración que había comenzado alrededor de una tradición religiosa tenía una nueva dimensión.

Ya no era solamente una fiesta.

Era una plataforma para mostrar lo que Chihuahua produce, lo que crea, lo que disfruta y también lo que quiere contarle a quienes vienen de fuera.

Una feria que también mueve a la ciudad

Hay una parte de Santa Rita que no siempre se ve entre las luces del Teatro del Pueblo: la ciudad que se activa detrás de ellas.

Hoteles, restaurantes, transporte, comercios, proveedores, productores, expositores y trabajadores forman parte de una cadena económica que comienza mucho antes de que se abran las puertas del recinto.

En la edición 2025, de acuerdo con los datos proporcionados para este proyecto, la feria registró 339 mil 418 asistentes durante 18 días y reunió a más de 400 expositores. La operación generó alrededor de 150 empleos directos y cerca de 2 mil 500 indirectos.

Con un consumo promedio estimado de 500 pesos por visitante, la derrama económica directa alcanzó aproximadamente 169.7 millones de pesos, a lo que se suma la actividad generada en hoteles, restaurantes, transporte y otros servicios.

Y hay un dato que dice mucho sobre su vínculo con Chihuahua: más del 90 por ciento de los proveedores corresponden a empresas locales.

Eso convierte a Santa Rita en algo más interesante que una celebración de temporada.

Es turismo local en movimiento.

Porque no todo el turismo necesita una maleta. A veces comienza a unos cuantos kilómetros de casa, cuando una ciudad encuentra una nueva razón para recorrer sus propios espacios, consumir localmente y redescubrir aquello que creía conocer.

La experiencia también cambió

Con el crecimiento llegó una pregunta inevitable: ¿cómo hacer que una feria cada vez más grande siga sintiéndose cercana?

La respuesta está en una experiencia que busca ser más accesible, familiar y segura.

La feria ha incorporado medidas como accesos preferenciales para personas adultas mayores y personas con discapacidad, entrada gratuita para determinados grupos, facilidades para familias con bebés, hidratación y protocolos de seguridad.

En distintas ediciones también se han reforzado las acciones de Protección Civil y prevención ante la gran afluencia de visitantes.

Porque una feria contemporánea no solamente se mide por cuántas personas puede recibir.

También por cómo las recibe.

Y ese cambio es importante: la experiencia turística de hoy busca ser más cómoda, incluyente y pensada para distintas generaciones.

Lo que no vemos también cuenta

Detrás de una noche de música, de las luces y de los juegos mecánicos existe una infraestructura que necesita funcionar con precisión.

Instalaciones eléctricas, drenaje, agua potable, sistemas pluviales, sanitarios, espacios gastronómicos, áreas para expositores, mantenimiento y seguridad forman parte de una operación que pocas veces aparece en las fotografías de la feria.

Pero es justamente esa parte invisible la que permite que la experiencia visible funcione.

En los últimos años se han realizado intervenciones en infraestructura, desde rehabilitación de sistemas eléctricos y drenaje hasta mejoras en áreas de restaurantes, sanitarios, cisternas, puentes y espacios comunes.

Porque hacer crecer una feria no significa solamente traer más artistas o instalar más juegos.

Significa hacer crecer también el lugar que los recibe.

Una tradición que no se queda en mayo

Tal vez uno de los cambios más interesantes de Santa Rita está fuera de la temporada de feria.

El recinto ha comenzado a aprovecharse durante todo el año para capacitaciones, eventos públicos y privados, exposiciones y distintas actividades.

En 2025, por ejemplo, la explanada recibió la exposición militar La Gran Fuerza de México, que durante 21 días reunió a más de 37 mil visitantes.

Eso cambia la conversación.

Santa Rita ya no es solamente un espacio que despierta durante unas semanas y después vuelve a quedarse en silencio.

Es un recinto que busca mantenerse vivo.

Y quizá esa sea la siguiente etapa de su historia: pasar de ser únicamente una feria a convertirse en un espacio permanente para la cultura, el entretenimiento, los encuentros y el turismo de Chihuahua.

La feria que Chihuahua sigue heredando

Al final, quizá sea imposible explicar Santa Rita solamente con cifras.

Porque una cifra puede decirnos cuántas personas entraron, cuánto dinero se movió o cuántos empleos se generaron.

Pero no puede medir cuántas historias comenzaron ahí.

No puede contar cuántas familias regresan cada año al mismo juego. Cuántos niños descubren por primera vez las luces de la feria. Cuántas amistades se encuentran entre una canción y otra. Cuántos visitantes llegan desde otra ciudad y descubren que Chihuahua también sabe celebrar.

Eso es lo que hace especial a Santa Rita.

Su historia no está terminada.

Cada edición agrega una nueva capa a una tradición que comenzó hace siglos y que ha sabido transformarse con su gente. Primero fue una celebración de fe; después, una fiesta popular. Más tarde, un encuentro comercial, ganadero y cultural. Hoy es también espectáculo, turismo, gastronomía, economía y entretenimiento.

Pero en el fondo sigue siendo lo mismo:

un lugar para encontrarnos.

Y quizá por eso, cuando llega mayo y las luces vuelven a encenderse, Santa Rita no se siente como una feria que regresa.

Se siente como una vieja tradición que vuelve a casa.

Porque hay celebraciones que pasan.

Y hay otras que, generación tras generación, se convierten en parte de quienes somos.

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