Por Jorge Cruz Camberos
Son las 6:50 de la mañana. Una mamá sube a dos niños al coche. Uno todavía va medio dormido. Hay que dejarlos en la escuela y después correr a la oficina. Waze dice que el trayecto debería tomar 14 minutos. Termina haciendo casi 30. No hay una ruta de transporte público que realmente le resuelva. Caminar no es opción. La bicicleta, con dos niños, tampoco. Así que hace lo que hacemos casi todos en Chihuahua: se sube al coche. Y ahí empieza el problema.
Porque quizá el tráfico que tanto nos desespera no es realmente el problema. Es el síntoma.
Construimos una ciudad donde manejar dejó de ser opción
Durante décadas Chihuahua creció bajo una idea muy sencilla: si la ciudad se expande, construimos más calles; si hay tráfico, ampliamos avenidas; si llegan más autos, hacemos más espacio para ellos. Funcionó durante un tiempo. Hasta que dejó de funcionar.
Los datos de movilidad de la zona metropolitana son contundentes: 72.6% del parque vehicular son automóviles, existen 606.6 vehículos por cada mil habitantes y alrededor del 78% de la población se mueve en automóvil. Eso significa que prácticamente ocho de cada diez personas dependemos del coche para vivir nuestra vida cotidiana.
Para trabajar.
Para llevar a nuestros hijos a la escuela.
Para ir al supermercado.
Para hacer ejercicio.
Para visitar a nuestros padres.
No necesariamente porque amemos manejar. Sino porque muchas veces no tenemos una alternativa mejor.
Y el coche comenzó a cobrarnos la cuenta
La factura no llega solamente en gasolina. La pagamos en tiempo. En México, un estudio de IMCO y SinTráfico calculó que una persona pierde en promedio alrededor de 100 horas al año atrapada en congestionamientos en las principales ciudades analizadas. Pero hay algo que las estadísticas no alcanzan a medir. Esas horas tienen nombre. Son desayunos que no tuvimos con nuestros hijos. Son juntas a las que llegamos estresados. Son partidos de futbol que empezaron sin nosotros.
Son horas que pudimos utilizar para trabajar, hacer ejercicio, descansar o simplemente estar en casa. Por eso la movilidad no es solamente un problema de ingeniería vial. Es un problema de calidad de vida. Y también de competitividad.
El talento también elige ciudades
Hablamos mucho de nearshoring, inversión extranjera y de competir con Texas o Arizona por nuevas empresas. Pero las empresas siguen al talento. Y el talento también compara ciudades. Compara salarios, vivienda, seguridad, escuelas, espacios públicos y algo cada vez más importante: cuánto tiempo de su vida tendrá que entregar diariamente para desplazarse. Una ciudad donde cada nueva colonia obliga a comprar otro automóvil se vuelve más cara para las familias y menos competitiva para las empresas. Porque no solamente estamos aumentando el tráfico. Estamos aumentando el costo de vivir en Chihuahua.
Más calles no pueden ser nuestra única respuesta
Aquí está la parte incómoda. Durante años hemos intentado resolver el tráfico construyendo infraestructura para que circulen más automóviles. Y sí: necesitamos mejores vialidades, puentes, sincronización de semáforos e intersecciones inteligentes. Pero existe un límite físico. No podemos pavimentar Chihuahua indefinidamente. El municipio ya comenzó a reconocerlo con sus planes metropolitanos de movilidad, que contemplan intervenir decenas de intersecciones y corredores. Es un buen paso. Pero necesitamos ir mucho más lejos. Porque el objetivo no debería ser simplemente mover más coches. Debería ser mover mejor a las personas.
Cinco decisiones que deberíamos empezar hoy
Primero: transporte público que realmente compita contra el automóvil. No transporte para quien no tiene coche. Transporte suficientemente bueno para que alguien que sí tiene automóvil decida dejarlo algunos días en casa. Segundo: construir una ciudad más cercana. Vivienda, escuelas, comercio, empleo y servicios no pueden seguir alejándose unos de otros. Una ciudad dispersa obliga a recorrer kilómetros para absolutamente todo. Tercero: tecnología. Semáforos inteligentes, información en tiempo real, análisis de flujos y modelos predictivos. Chihuahua tiene talento suficiente para administrar su movilidad con datos y no solamente reaccionar cuando aparece un embotellamiento. Cuarto: involucrar a las empresas. Horarios escalonados, transporte empresarial, esquemas híbridos donde sean posibles y coordinación entre grandes centros de trabajo pueden disminuir la presión de las horas pico. Quinto: devolverle espacio a las personas. Banquetas dignas, cruces seguros, ciclovías donde realmente tengan sentido y mejores espacios públicos.
No se trata de declarar una guerra contra el automóvil. Yo uso coche. Probablemente usted también. Se trata de algo mucho más sensato: que no necesitemos utilizarlo absolutamente para todo.
La verdadera medida del progreso
Hay una obsesión urbana que deberíamos cambiar. Una ciudad moderna no es aquella donde puedes manejar más rápido. Es aquella donde necesitas manejar menos. Donde una familia puede tener un solo automóvil en lugar de dos. Donde un joven puede llegar seguro a la universidad sin necesitar coche. Donde un adulto mayor conserva independencia aunque ya no pueda manejar. Y donde esa mamá que hoy sale de casa a las 6:50 para recorrer un trayecto de 14 minutos no tenga que regalarle otros 25 minutos de su vida al tráfico. Porque Chihuahua todavía está a tiempo. Todavía no tenemos los congestionamientos permanentes de las grandes metrópolis mexicanas. Precisamente por eso debemos actuar ahora. La pregunta no es si queremos automóviles. La pregunta es qué tipo de ciudad queremos. Una construida alrededor del coche. O una construida alrededor de nuestra vida. Y entre esas dos opciones se juega mucho más que el tráfico. Se juega nuestro tiempo.



