Por Jorge Cruz Camberos
Hace unos días, un amigo de mi edad me dijo algo que no he podido sacarme de la cabeza. “Gano más que mi papá cuando tenía mi edad… pero él ya tenía casa y yo apenas puedo pagar la renta.” Creo que esa frase resume perfectamente lo que está viviendo toda una generación. No es que los jóvenes no quieran trabajar. No es que no sepan ahorrar. Tampoco es que no aspiren a construir un patrimonio. Simplemente, las reglas del juego cambiaron.
En México, el precio promedio de la vivienda prácticamente se duplicó en los últimos seis años. De acuerdo con la Sociedad Hipotecaria Federal, pasó de poco más de 1.09 millones de pesos en 2019 a cerca de 1.86 millones en 2025. Al mismo tiempo, las tasas hipotecarias también aumentaron, haciendo que comprar una casa hoy cueste mucho más que hace apenas unos años.
Ese es solo el inicio de la historia. Porque una casa nunca cuesta únicamente lo que aparece en el anuncio. Hay que pagar escrituras, avalúo, impuestos, mantenimiento, impermeabilizar, cambiar un calentón que deja de funcionar en pleno invierno, arreglar una fuga inesperada o simplemente comprar los muebles para empezar una vida.
La casa se compra una vez. Los gastos llegan todos los meses. Mientras tanto, el ingreso de las familias mexicanas ha crecido, sí, pero no al mismo ritmo que la vivienda. La ENIGH 2024 del INEGI reporta que el ingreso corriente promedio por hogar ronda los 26 mil pesos mensuales. El problema es que el precio de las casas ha corrido mucho más rápido que los salarios.
Cuando comprar se vuelve más difícil, pasa algo inevitable: más personas permanecen rentando. Entonces aumenta la demanda de rentas. Y las rentas también suben. Es un efecto dominó que termina golpeando incluso a quienes nunca pensaban comprar una vivienda. En Chihuahua empezamos a verlo con claridad.
Somos una ciudad que afortunadamente sigue generando empleo, atrayendo inversión y recibiendo nuevas familias. Eso habla bien de nuestra economía. Pero también ha incrementado la presión sobre el mercado inmobiliario. Hoy encontrar una casa bien ubicada, segura y accesible para una familia de clase media ya no es tan sencillo como hace diez años. Y eso debería preocuparnos. Porque la vivienda no es solamente un tema del sector inmobiliario. Es un tema de calidad de vida.
Una ciudad donde las personas tienen que vivir cada vez más lejos de su trabajo porque es donde todavía pueden pagar una casa, termina pagando ese costo en tráfico, contaminación, estrés, tiempo perdido y menos convivencia familiar. Por eso la conversación no debería centrarse únicamente en construir más viviendas. La verdadera pregunta es cómo hacemos que más familias puedan acceder a ellas.
Necesitamos ciudades más compactas, mejor movilidad, más oferta de vivienda para la clase media, mayor densificación donde tenga sentido, procesos de construcción más ágiles y esquemas de financiamiento que respondan a la realidad de las nuevas generaciones.
Porque no se trata únicamente de construir casas. Se trata de construir oportunidades. Hay una frase que escucho cada vez con más frecuencia entre jóvenes profesionistas: “No sé si algún día voy a poder comprar una casa.” Y eso, más que una preocupación económica, debería ser una llamada de atención. Porque cuando una generación trabaja, estudia, cumple y aun así siente que el patrimonio se aleja cada año, el problema ya dejó de ser inmobiliario. Es un reto de competitividad, de desarrollo urbano y, sobre todo, de esperanza. Ojalá dentro de algunos años nuestros hijos vuelvan a hacer la misma pregunta que hicieron nuestros padres:
”¿Dónde compro mi casa?” Y no la que muchos se hacen hoy: ”¿De verdad algún día me va a alcanzar?”




