Por Jorge Cruz Camberos
Durante años nos preocupamos por el exceso de azúcar, por la comida chatarra, por la televisión prendida todo el día y por los videojuegos. Pero hoy muchos papás traen otra angustia en la cabeza: el celular pegado a la mano de sus hijos como si fuera una extensión del cuerpo.
Y no es exageración.
Las redes sociales están viviendo algo parecido a lo que en su momento vivió la industria del tabaco. Durante décadas se vendió una idea aspiracional: conexión, libertad, entretenimiento, pertenencia. Pero poco a poco empezó a aparecer la pregunta incómoda: ¿sabían las empresas lo que estaban provocando y aun así diseñaron sus productos para enganchar más?
Porque seamos claros: esto no es casualidad.
El scroll infinito no existe por accidente. Las notificaciones no son inocentes. Los likes no son simples corazoncitos. Los algoritmos no están diseñados para que el usuario sea más feliz, más libre o más sano. Están diseñados para que se quede más tiempo. Punto.
Y ahí está el problema.
Hoy muchos adolescentes pasan horas viendo pantallas, comparándose con vidas editadas, midiendo su valor en likes, buscando aprobación en desconocidos y metiéndose en una montaña rusa emocional donde todo cambia cada cinco segundos. Un video los hace reír, el siguiente los enoja, el siguiente los hace sentir menos, el siguiente los atrapa. Y así se va la tarde. Y luego la noche. Y luego la infancia.
Claro, sería muy simplista decir que las redes sociales son la causa de todos los problemas de salud mental en los jóvenes. No lo son. Hay ansiedad, presión escolar, familias fracturadas, soledad, falta de propósito, violencia, incertidumbre. Pero también sería ingenuo negar que estas plataformas están metiendo gasolina al fuego.
Lo más interesante es que ya no es solo una conversación de papás preocupados. Ya llegó a los tribunales, a los congresos y a las escuelas. En Estados Unidos ya hay demandas fuertes contra las grandes tecnológicas. En varios estados se están prohibiendo celulares en escuelas. Australia incluso avanzó hacia una prohibición de redes sociales para menores de 16 años.
Cuando el tema salta de la mesa familiar al sistema legal, algo cambió.
Y las empresas lo saben.
El negocio de las redes sociales depende de una cosa muy simple: atención. Mientras más tiempo pasan los usuarios en la plataforma, más anuncios ven, más datos generan y más dinero producen. Por eso los menores de edad son tan importantes para estas compañías. No solo son usuarios de hoy; son consumidores de mañana.
Aquí es donde la discusión se pone buena.
Porque tampoco se trata de satanizar la tecnología. Al contrario. Los jóvenes necesitan aprender a usar herramientas digitales, inteligencia artificial, comunicación, programación, edición, comercio electrónico, educación en línea. El mundo que viene será profundamente tecnológico. Quien no entienda eso, se queda fuera.
Pero una cosa es usar tecnología para crear y otra muy distinta es vivir atrapado en una máquina de distracción.
No es lo mismo que un joven aprenda a editar video, vender un producto, construir una marca personal, investigar, programar o comunicar una idea, a que pase cinco horas viendo pleitos, cuerpos perfectos, retos absurdos, chismes, filtros y vidas falsas.
La diferencia es enorme.
Una cosa es usar la tecnología como herramienta. Otra es convertirse en materia prima del algoritmo.
Y esa debe ser la conversación de fondo: no queremos niños desconectados del mundo digital; queremos niños libres dentro del mundo digital. Con criterio. Con límites. Con autoestima. Con capacidad de apagar la pantalla sin sentir ansiedad. Con vida real. Con deporte. Con amigos. Con aburrimiento también, porque del aburrimiento salen muchas veces la creatividad y el pensamiento propio.
En Chihuahua deberíamos tomar este tema en serio. No desde el regaño, sino desde una agenda moderna de educación digital. Las escuelas, las familias, las empresas tecnológicas, los medios y el gobierno tienen que entrarle. Necesitamos formar ciudadanos digitales, no adictos digitales.
Porque el futuro no será de quienes más consuman contenido, sino de quienes sepan crearlo, entenderlo, cuestionarlo y usarlo para construir algo.
Las redes sociales no son el demonio. Pero tampoco son una niñera gratuita.
Y quizá esa sea la gran lección de este momento: no se trata de quitarles el futuro digital a nuestros hijos. Se trata de evitar que el futuro digital les quite la infancia.

















