Por Jorge Cruz Camberos
Este Día del Niño nos dejó una pregunta bastante moderna: ¿los papás mexicanos apoyaríamos que nuestros hijos fueran influencers?
Hace unos años la respuesta hubiera sonado rara. Un niño quería ser futbolista, doctora, astronauta, empresario, maestra, cantante o bombero. Hoy, muchos niños también quieren ser youtubers, streamers, tiktokers o creadores de contenido. Y aunque a algunos adultos les dé urticaria escucharlo, la verdad es que no debería sorprendernos tanto.
Los niños sueñan con lo que ven.
Y hoy lo que ven está en una pantalla.
Según Kaspersky, 1 de cada 3 padres en América Latina apoyaría que sus hijos fueran influencers, aun reconociendo los riesgos digitales que esto implica. En México, notas recientes han ubicado esa cifra alrededor del 32%.
La estadística dice mucho más de lo que parece. No habla solo de redes sociales. Habla de aspiraciones. De cómo cambió la idea de éxito. De cómo la fama, la comunicación, el emprendimiento y la tecnología ya se mezclaron en la cabeza de las nuevas generaciones.
Antes un niño veía al empresario de su ciudad, al deportista profesional o al artista de televisión como referentes. Hoy ve a alguien grabando desde su cuarto, jugando videojuegos, bailando, opinando, cocinando, contando historias o haciendo bromas… y piensa: “yo también puedo”.
Y ojo: eso no está necesariamente mal.
Crear contenido puede enseñar muchas cosas valiosas: hablar en público, editar video, escribir guiones, entender audiencias, vender ideas, usar tecnología, construir una marca, comunicar con claridad. En una economía donde la atención es uno de los activos más peleados, saber comunicar ya no es un lujo: es una habilidad estratégica.
El problema empieza cuando confundimos crear con exhibirse.
Una cosa es que un niño aprenda a usar tecnología para contar historias, emprender, aprender, vender, diseñar o compartir conocimiento. Otra muy distinta es educarlo para vivir pendiente del like, del algoritmo, de la validación externa y de la fama rápida.
Ahí es donde los papás tenemos que entrar con criterio.
No se trata de prohibir la tecnología, porque eso sería como querer tapar el sol con un dedo. Las redes ya son parte del mundo. El punto es enseñarles a usarlas con propósito.
Que aprendan a grabar, sí.
Que aprendan a editar, sí.
Que aprendan a comunicar, sí.
Que aprendan a emprender, sí.
Pero que no crean que su valor depende de cuántas personas los ven.
Porque esa es la línea delicada.
México necesita niños y jóvenes que sepan usar la tecnología, no niños usados por la tecnología. Necesitamos una generación capaz de crear contenido, pero también de crear empresas, comunidad, soluciones, cultura, deporte, ciencia y ciudad.
La pregunta entonces no debería ser si queremos que nuestros hijos sean influencers.
La pregunta correcta es: ¿queremos hijos que persigan fama o hijos que aprendan a influir positivamente?
Porque comunicar es una herramienta. Ser influencer es una etiqueta.
Y ahí está la diferencia de fondo: usar la tecnología para comunicar puede formar líderes, emprendedores y ciudadanos más preparados. Vivir solo para ser influencer puede formar niños dependientes de una pantalla.
El futuro no está en apagarles el celular.
Está en enseñarles para qué prenderlo.
















