Por Jorge Cruz Camberos
En la Convención Bancaria, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo algo que, en el discurso, suena perfecto: México necesita crecer más. También se habló de empujar el crédito para que el financiamiento al sector privado pase de 38% a 45% del PIB hacia 2030. Suena bien. El problema es que en Chihuahua ya nos sabemos de memoria ese tipo de mensajes. El crecimiento no llega por declaración, llega cuando hay capital real, visión y una ruta clara para convertir negocios pequeños en empresas medianas fuertes.
Y ahí está la bronca de fondo: Chihuahua sigue atrapado en la economía del esfuerzo fragmentado. Somos buenos para abrir negocios, para autoemplearnos, para salir al quite. Pero no hemos sido igual de buenos para construir empresas que escalen, que se profesionalicen, que levanten inversión, que exporten y que se vuelvan verdaderos motores de empleo.
Nos hemos conformado demasiado con la narrativa PyMEs
Sí, las microempresas son valiosas. Sí, representan lucha, familia y resiliencia. Pero una ciudad no da el siguiente salto económico sólo con changarros heroicos. Una ciudad crece de verdad cuando logra formar más empresarios, más compañías medianas, más negocios capaces de integrarse a cadenas de valor, venderle a la industria, innovar y competir en serio.
Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿por qué Chihuahua sigue atorado en microempresas?
Porque durante años apostamos más a atraer inversión que a escalar a nuestros propios empresarios. Porque celebramos la planta nueva, pero no nos obsesionamos con convertir al proveedor local en un jugador relevante. Porque dimos mucho discurso al emprendimiento, pero muy poca estructura al escalamiento. Porque se repartieron apoyos, pero no se construyó una política pública enfocada en llevar empresas de 10 a 100. Porque seguimos tratando a las PyMEs como destino final, cuando debería ser una etapa de transición. En México, las microempresas dominan el tejido empresarial, mientras las unidades grandes concentran mucho más valor agregado; el cuello de botella está en crecer, no sólo en abrir negocios.
Además, el mundo ya cambió. El sistema económico que nació después de la II Guerra MUndial en Bretton Woods se está reacomodando. Se están rompiendo inercias de casi 90 años. También cambió la política: hoy mucha gente confía más en individuos que en instituciones. Por eso tantos votaron por Trump. Por eso aquí tantos votaron por López Obrador. Fue una sacudida al sistema. Y en tiempos así, las regiones que no construyan su propio músculo empresarial se van a quedar rezagadas.
Por eso Chihuahua necesita dejar de hablar sólo de apoyo a PyMEs y empezar a hablar de Scale Up Chihuahua: una política pública para identificar empresas con potencial, meterles capital inteligente, certificaciones, digitalización, gobierno corporativo, acceso a mercados y vinculación real con los ejes de empuje de la ciudad y del estado: manufactura avanzada, agroindustria con valor agregado, logística, tecnología y servicios especializados. Chihuahua ya tiene sectores industriales prioritarios y una base agroindustrial potente; lo que falta es hacer que más empresas locales crezcan alrededor de ellos.
Porque, seamos claros: lo que se escucha muy bien en un templete no necesariamente se convierte en crédito útil en la calle.
Menos discurso.
Menos romanticismo PyMEs.
Más capital real.
Más empresa mediana.
Más empresario chihuahuense.
El siguiente salto de Chihuahua no va a venir sólo de afuera.
Va a venir cuando decidamos, de una vez por todas, hacer grande al empresario local.
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